Saludos a todos esta es mi entrada al #Reto12votos organizado por . Esta es la semana 99! Detalles aquí
Desde joven me familiaricé con los libros de autoayuda. No recuerdo cómo cayeron en mis manos, pero sé que en algún momento se cruzaron en mi camino y contribuyeron a que me planteara metas que me permitieran salir de lo que para entonces era un futuro seguro.
Cuando se nace y se crece en un pueblo rural, apartado, con altos índices de desocupación y superstición y con la presión social de quedarse en el pueblo para contribuir a su desarrollo, es muy duro plantearse metas ambiciosas que de seguro van a chocar con las de la familia y amigos.
Recuerdo cuando conversaba con mis compañeros de bachillerato y compartíamos las experiencias de generaciones anteriores a la nuestra. Veíamos como los que habían logrado salir y hacerse profesionales regresaban en sus carros recién comprados (nuevos o usados), paseaban a sus padres, quienes orgullosamente saludaban por la ventana del carro con la frente en alto sabiendo que habían hecho bien su trabajo y sus propias metas, a través de sus hijos exitosos se veían cumplidas.
Las casas de los viejos mejoraban en la medida en que los hijos salían y triunfaban. Se le hacían mejoras sustanciales y en casos extremos se compraban casas nuevas. Lo usual era transformar las humildes viviendas coloniales o rurales (si habían sido construidas por algún programa de viviendas) en casa-quintas modernas con techo de platabanda, de dos pisos, de ser posible y con garaje (cosa extraña en la arquitectura de los pueblos, casi ninguna casa tenia garaje) para que entraran los carros de los hijos que venían de visita. Traer a la pareja y a los hijos a casa de los abuelos era un sueño que todos queríamos vivir. Ver a los hijos crecer cerca de sus abuelos, aprender de ellos era otra meta a alcanzar.
De modo que era fácil cumplir con algunos de los preceptos de los libros de autoayuda a la hora de plantearse metas:
Eran especificas, claras, medibles, logrables, relevantes y podíamos ponerle fechas.
Sabíamos que si optábamos por carreras universitarias tardaríamos un poco más, pero en vuelta de 6 o 7 años tendríamos títulos y trabajo y un carro era adquirible en un año más, la casa quizás en dos. Una década era más que suficiente para “ponerse a valer” y poner a valer a los viejos. Venezuela garantizaba lo necesario a aquellos que estuvieran dispuestos a trabajar duro por ello.
Lograr metas era cuestión de determinación, salud y vida. Sabíamos también por experiencia que la vida se nos podía ir sin salir de bachillerato (vivimos la pérdida de algunos amigos), sin terminar la universidad (muy dolorosas perdidas aquí), o justo cuando se empezaba a ayudar a la familia (otras tragedias nos golpearon en esta etapa). Éramos conscientes de la fragilidad de nuestra existencia y de la necesidad de disfrutar la vida dignamente de modo que nunca trajéramos deshonra a la familia.

Con muy pocas excepciones mi generación fue capaz de realizar estas metas. Sin embargo, el panorama pinta negro para nuestros hijos y para nuestros viejos (los que aún sobreviven) Hemos alcanzado la edad de retiro (algunos de mis ex compañeros de bachillerato se acaban de jubilar de sus trabajos) y luchamos para mandar a nuestros hijos a la universidad (Venezuela se ha quedado sin opciones progresivamente). Muchos hemos visto a nuestros hijos irse del país a aventurar, dejando atrás no solo a su familia y amigos, sino también sus sueños de profesionalización. En muchos países no es fácil cursar estudios superiores, mucho más si eres extranjero y tienes que trabajar para sobrevivir.
Nuestros trabajos dejaron de ser garantía de estabilidad económica y social. Sin seguros médicos nuestras familias quedaron desamparadas y los que más sufren son los viejos, quienes cuando más necesitan de atenciones y cuidados tienen que lidiar con la cruel realidad de aguantarse sus achaques a falta de recursos propios o de servicios gratuitos para ellos.
Me cuento entre los de mi generación a quienes se le hizo imposible comprar la tan añorada casa; que decir del carro. Las circunstancias que nos han tocado vivir pusieron en jaque incluso a los que en los últimos 10 años habían logrado alcanzar algunas metas. Tuvieron que vender sus carros por no poderlos mantener; abandonar o vender sus casas para irse del país y ayer leía la triste noticia de uno de mis amigos de la universidad quien había muerto en Uruguay. Otros han muerto en Perú, Argentina, Colombia, Chile y en muchos otros lugares distantes. Habían trabajado muy duro aquí y allá. Aún así no fue suficiente.
Dice el adagio popular que una cosa piensa el burro, otra el que lo va arreando. No tenemos control de mucho de lo que nos rodea. Las metas materiales pueden fácilmente esfumarse producto de factores ajenos a nuestra voluntad. De modo que ante el encierro y las limitaciones que nos han tocado vivir (ya lo vivíamos antes de la pandemia), solo trato de plantearme metas intangibles. Busco la paz y tranquilidad que da vivir una vida sin daños a terceros. Busco inspirar a mis hijos para que crean que esto pasará; que su momento ha de llegar, y que, mientras ese momento llega, deben prepararse para que no los tome desprevenidos. Sus metas han de ser solo suyas y no deben basarse en logros materiales. Si benefician a terceros, enhorabuena!
El logro de nuestras metas tiene mucho que ver con evaluación de riesgos en nuestras decisiones, pero también con la toma de riesgos; en aventarse a hacer aquellos que nos ha de conducir a esa meta. Si el desenlace no resulta como lo habíamos previsto que no sea porque no lo hicimos bien; total, hay mucho de azaroso en esta vida que no terminamos de entender pero a la que nos aferramos con todas nuestras fuerzas.
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