Una de las cosas que me hacía muy feliz en mi infancia era pasar las vacaciones en el pueblo natal de mi padre.
Pilotos, es el nombre del pueblo, pero no era al pueblo, lo que se conoce como “el pueblo”, a donde me trasladaba en esa temporada, sino a un caserío que está un poco antes; uno de esos asentamientos a los que se accede por una carretera que no es ancha, y con el tiempo se fue desgastando hasta que le nacieron algunos cráteres. Hace poco -dice mi padre- alisaron el camino, por cierto.
Algún tipo de relleno vertieron para mejorar el acceso y él se alegraba cuando viajamos a su terruño este fin de año, porque podía transitar en su auto de la era soviética a más de 20 km/h.
Yo también estaba alegre… ya que llegaríamos más rápido. Esa carretera se siente interminable cuando vamos de camino hacia allá. No así el día que toca regresar cuando el viaje siempre se acelera. No tengo idea de por qué.
😅
El lugar se ve diferente con los años y también hay casas nuevas a ambos lados de la vía.
Después que logramos entrar al caserío, del que tengo tantos felices recuerdos, no hay más asfalto y la verdad que tampoco tanto concreto, porque allí la mayoría de las casas son muy modestas, de tabla y techumbre ligera, y la gente modesta y ligera, lo mismo que sus casas. Cuando les miras a los ojos ves mucha bondad y verdad, que yo creo tienen que ver con la cercanía a la tierra.
Ah, ahora que menciono la tierra, tengo esta foto que hice sin pensar. Estaba yo velando cerca del Encino que está frente a la casa de mi padre por si venía el gavilán… ese es otro cuento que tengo que hacerte, pero no ahora... y en eso lo vi a él.
¡A que no te imaginas lo que trae en sus manos!
Comimos yuca todos los días que estuvimos allí, de la plantación de un vecino que nos la regalaba. Era tan fácil como que mi primo agarrara la guataca y cruzara el camino real para sacar la yuca fresca para la cena. Luego la llevaba a casa en sus manos fuertes y polvorientas para que uno de nosotros la pelara… ¡y a la cazuela!
¡Ay qué rica es la yuca con mojo, Universo! Y si la acompañas con una carnita hecha en un horno de carbón, todavía más. Doy fe de que el vecino también degustó esos días los manjares que preparamos en casa.
Pero esa niña que fui nunca pensaba en estas cosas… qué yuca ni yuca, qué mojo ni mojo… yo solamente quería andar por ahí por los montes explorando y haciendo locuras.
Me escapaba para ir lejos, hasta donde vivía Juyuyo, más allá de la represa.
Iba siempre con mis primos. Los convencía para que me llevaran a montar a caballo. Y mi abuela Mulata siempre estaba sufriendo esas cosas mías, “mis mataperreos”… jajaja, así decían todos. Se me perdió Anaray, exclamaba, y se ponía las manos en la cabeza, según me cuenta la esposa de mi tío Alexis.
Eso me podía malograr las siguientes vacaciones, ¿eh?
Yo era una mataperra en toda regla. ¡Ay qué palabra tan rara! Pero lo que quiere decir esa palabra es que andaba a mi aire por esos montes, inventando siempre algo peligroso que hacer como desbocar al caballo Rocillo, a lomo pelao´ y sin bridas, treparme en algún árbol de mango o de guayaba o de lo que fuera, dejarme jalar por una vaca que se le escapó a alguien, montarme encima de los cerdos enormes que criaban en el barrio. ¡Como corrían alocados hasta que me tumbaban y caía como un saco de papas en una nube de polvo…! o hacer travesuras en las noches, disfrazada de… 🤣 jinete del Apocalipsis. Esto incluía pintarrajearme toda la cara con carbón y ponerme una capucha hecha con un saco prieto, de esos de basura. Mi abuela me quería matar. Imagínate, después de bañada haciendo esas cosas. 😁
Pues volví a ser esa niña y tengo pruebas de mis dos acompañantes, uno de esos días que pasé explorando los caminos de aquel caserío donde siempre he sido tan feliz.
Ellos son Guacho y Chanel.
Ya no hay tantas casas. Muchos abandonaron el terruño y sólo quedan las arboledas como me señaló un guajiro. Dijo: Mira, allí donde veas arboledas de mango, no había una casa, sino varias… y continuó: Pues sí, familias numerosas que ya no están por acá.
Se puede ver algo de lo que resiste al paso del tiempo, al abandono. Pedazos de piso, un pozo, algunos restos de corrales… Y ahora Anaray era de nuevo una chiquilla redescubriendo todo, documentando lo que en un tiempo remoto fueron visiones de su felicidad, que no dejan de alegrarme hoy, aunque el silencio acostumbrado se sentía más rotundo…
¡Caminamos tanto aquellos días!
En varias oportunidades me acerqué a la represa, que es enorme, desde diferentes ángulos en busca de algo que quería tener: la foto de un Arriero.
¿Crees que la obtuve?
… continuará.
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