En nuestra infancia la risa constante y espontánea era nuestra sombra y compañera, llegada la edad adulta, la seriedad y la responsabilidad la fue borrando, como si le dijéramos a los demás que hemos abandonado la felicidad, la inocencia infantil y estamos en el mundo de los adultos.
Esto parece un virus. Nos hemos acostumbrado a reprimir la sonrisa y con ello nos llenamos de tensiones y damos lugar a los pensamientos negativos, impregnando nuestro alrededor de pesadez.
De allí, la necesidad de sonreír de manera constante, para alegrarnos, relajarnos, llenarnos de energía y así lograr un cambio positivo en nuestro estado emocional, porque es como gritarle al mundo que no estamos solos, que no somos enemigos, que podemos confiar mutuamente, allí su poder. Dice Enrique Rosas en su libro Lenguaje Corporal en 40 días que:
El único animal que muestra los dientes y no es para pelear es el hombre.
Y si revisamos nuestro diario compartir, descubrimos que es verdad, porque muchas amistades que tenemos comenzaron con un intercambio de sonrisas, ella sirvió de puente perfecto para comunicarnos y conectar. Confieso que he ido aprendiendo a sonreír y disfrutar el hacerlo, por ello es un placer al que invito para que juntos construyamos puentes de unión y fraternidad.
Sonríe, sonríe y sonríe, al dibujar esa poderosa curva el mundo se va a transformar.
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