Mientras la tiranía y la injusticia reinen en nuestra nación, no se puede mirar a un lado y pretender vivir indiferente y en paz.”
Nunca podré olvidar las sabias palabras de mi abogada, cuando en el año 2001, en medio de una querella laboral contra el Estado, me dijo:
“Cuando estés muy molesto y frustrado, no hables ni escribas, porque nada bueno saldrá de ti y tus debilidades serán aprovechadas por el contrincante.”
Hoy, a casi un mes de la cúspide de mis rabias y frustraciones, puedo por fin sentarme frente al computador y teclear este desahogo represado en el corazón.
Estos últimos años que me ha tocado vivir –y vaya que he vivido unos cuantos– no han sido los mejores, tomando en cuenta que tuve que ver partir de mi país a mis hermanos, llevando a cuestas tan solo lo que cabía en unas pocas maletas, sus hijos y sus esposas, con el corazón oprimido contra su pecho y el alma henchida de esperanzas para hallar un futuro mejor que ofrecerles a su descendencia.
Poco tiempo después le tocó el turno a la niña de mi vida, el amor más puro, quien partió con su madre dejándome el corazón desecho y refugiado solamente en la cercanía de mis padres.
No pasó mucho tiempo, para que mi par de viejitos amados también siguieran sus pasos, emprendiendo la huida de la mísera vida que le ofrecía una vergonzosa pensión que ni siquiera les alcanzaba para comprar sus medicinas.
Todos dejaron atrás sus vidas, sus casas, sus amigos y su familia, logrando establecerse relativamente bien en tierras ajenas, donde siempre serán considerados extranjeros, aunque con mayores libertades y seguridad de la que pudieran tener en esta tierra de gracia caída en desgracia.
Un buen día, la que se había constituido como mi compañera de viaje y aventuras, esa amiga con quién compartía afinidades y soledades, también recogió sus trapos y emprendió el vuelo detrás de sus propios sueños.
Y no es que los sueños de todos ellos estuvieran en esas tierras lejanas, si no que la madre patria, año tras año les iba estrangulando la capacidad de llevar una vida decente, medianamente placentera, y habiendo agotado todo lo que podían intentar acá, surgió la oportunidad de irse, y no se lo pensaron dos veces.
Debo reconocer la valentía que debieron tener para resetearse y comenzar desde cero en lugares donde algunas veces sufrieron desprecio, malos tratos, xenofobia y dificultadas para ganarse la vida honradamente; pero, a fuerza de constancia, salieron adelante.
Por mi parte, en medio de la más absoluta soledad y con el alma vacía, un sin sentido se apoderó de mí; sin embargo, no sé si de forma cobarde o valiente, decidí quedarme y luchar contra la corriente apostando a la llegada del glorioso día cuando retorne a la patria, la vera libertad, las oportunidades honestas de superación, la dignidad, la justicia, la hermandad, la paz y el amor.
Tengo la convicción de que ese día está llegando, y quienes partieron de forma forzosa volverán gozosos, y acá quizá continúe yo esperándolos con los brazos y el alma abiertos de par en par, para decirles con voz de júbilo: “Bienvenidos al hogar”.
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Fuente: Foto de mi propiedad