Hace algunos días se cumplieron 4 años desde que tomé la decisión de renunciar a más de una década de trabajo en una empresa que me dio muchas satisfacciones, y una que otras decepciones, pero nada que no forme parte del show de la vida. El punto es que hace 4 años decidí soltar esas amarras con un miedo terrible, el miedo que da soltar el timón que te conduce a puerto seguro, el miedo que genera empezar de cero, el miedo que surge cuando te abres camino a lo desconocido.
Durante poco más de 10 años ejercí como gerente de ventas y post-ventas en una empresa del sector automotriz, amaba mi trabajo y todo lo que representaba para mi estabilidad laboral, social y económica. En ese período, fue mucho lo que aprendí y lo que crecí personal y profesionalmente. Viví experiencias maravillosas que me brindaron grandes oportunidades, las mismas que llegado el momento me dieron la señal para saber que era tiempo de cerrar ese ciclo.
El sector automotriz vivió su época de oro en Venezuela, yo fui testigo de ese momento, fui protagonista en esa escena, disfruté de esa época gloriosa de bonanza y abundancia, pero como bien saben, luego el país atravesó por una crisis histórica que oscureció el panorama económico de la nación. Para ese entonces, allí seguíamos en la empresa reinventándonos cada día para mantenernos a flote, hasta que llegó un punto en el que sentí que todo ese esfuerzo estaba siendo en vano, y que era el momento de empezar a remar mi propia barca. Agradecí cada momento compartido, cada oportunidad brindada y cada reconocimiento recibido…entonces, decidí que las circunstancias exigían más de mí, por y para mí.
Lo que durante años hice para escribir la historia de alguien más, ahora debía hacerlo para escribir la mía propia, de alguna manera un par de años antes di mis primeros pasos en este sentido, pues en paralelo a mi trabajo había iniciado un emprendimiento; sin embargo, en lugar de dedicarle el mayor tiempo posible a lo propio, seguía enfocada en trabajar para alguien más. Por ello, esta vez la decisión debía ser definitiva, era el momento de dedicarme al 100% en construir mis propios sueños. Fue así como con ese no sé que en el plexo solar, con lágrimas en los ojos y con un nudo en la garganta, firmé mi despedida, y con ella, abrí la puerta a un nuevo comienzo.
Y allí iba yo, con 10 años de recuerdos embalados en una caja rumbo a empezar de cero, con la nostalgia del adiós, con un guayabo inmenso en el pecho, como si me hubiese separado de alguien a pesar de seguir amándolo. Reconozco que los días/meses siguientes fueron tan difíciles que dudé si había tomado la decisión correcta. Me ganó el síndrome del impostor, no me creía lo suficientemente buena para seguir haciendo aquello por lo que había sido reconocida, me ganó la incertidumbre que produce “salir de la zona de confort”, me ganó todo lo que iba en contra, pero seguí intentándolo, igual tampoco es que tuviese otras alternativas, además, reconocerme fracasada tampoco era una opción.
Me castigué muy duro, me cuestioné severamente, olvidé que la situación económica por la que decidí abandonar mi trabajo “seguro” seguía estando allí afuera. Por supuesto que ese panorama debía impactarme durísimo, de hecho, más duro que a una empresa con trayectoria y pulmón financiero. Fue cuando dejé de remar contra la corriente, para dejar que poco a poco la barca empezara a andar.
4 años después, no puedo sino dar gracias de aquel instante de valentía que me hizo tomar la decisión de cerrar ese capítulo para dar paso a uno nuevo, hoy puedo comprender que son esos momentos turbulentos los que te ponen a prueba para ver si continúas anclado o decides continuar y correr el riesgo. Es sabio el viejo dicho que reza que solo conseguirás resultados diferentes haciendo las cosas de forma diferente. Ciertamente, son las crisis las que más lecciones nos dan en la vida, pero también las que pueden sacar lo mejor de nosotros poniendo a prueba todo nuestro potencial.
En este tiempo he aprendido que la verdadera zona de confort es aquella en la que puedes ser tú mismo, sin coacción, sin presión, ni condiciones…la verdadera zona de confort es aquella en la que logras sentirte plenamente satisfecho contigo mismo.
Hoy miro atrás y veo que lo ganado en estos 4 años no se paga ni con todo el dinero del mundo, me refiero a la libertad de hacer lo que quieras cómo y cuándo quieras, a la independencia de ser tú quien impongas el ritmo, a ganarle tiempo al tiempo, y creo que esto es lo más valioso de todo, porque gané tiempo no solo para dedicárselo a construir mis sueños, sino a vivirlo con mis seres amados, esos a los que muchas veces dejé en segundo plano mientras me dedicaba en cumplir los sueños de alguien más.
Pero ojo, que no reniego de esa década de trabajo dependiente, jamás podría hacer algo así, pues ella sentó las bases en conocimientos y experiencias de mucho de lo que soy hoy. Tampoco digo que nunca más lo haré, pues la vida da tantas vueltas que un “nunca” o un “jamás” se vuelven contra ti.
El tiempo de Dios es perfecto, todo ha tenido una razón y un por qué, todo ha pasado por algo. Hoy mis planes son otros, mis proyectos son otros, mis expectativas son otras, la diferencia es que ahora tengo la libertad y la seguridad para intentarlo sin el miedo a perder…después que te has caído, no queda más opción que levantarse.