Desde que somos niños se nos inculca la importancia de aprender a escuchar, tanto en la casa como en la escuela nos enseñan que debemos cumplir y hacer cumplir las normas del buen hablante y, por ende, las del buen oyente.
Ser buenos escuchas rompe las barreras de la comunicación, de manera que es posible analizar, interpretar e internalizar correctamente los mensajes. De eso se trata, y está bien, son esas normas básicas las que nos garantizan el resto de la vida tener comunicaciones efectivas, eficientes, y exitosas, incluso.
Cuando digo que dejar de escucharlo todo es sano, no me refiero a irrumpir esas normas, imagínense el caos, no se trata de dejar de ser educados, ni de dejar de prestar atención al emisor, para nada; en realidad me refiero a evaluar el impacto psicológico de escuchar, es decir, evitar interiorizar mensajes que puedan resultarnos nocivos, afectando nuestras emociones.
No sé si recuerdan, o si lo llegaron hacer, pero cuando era niña y alguien me quería decir algo que no quería escuchar, me tapaba los oídos y repetía sin cesar: no oigo, soy de palo, tengo orejas de pescado, ¿lo recuerdan? era una reacción natural para desechar cualquier mensaje que pudiese influenciar o perturbar mis pensamientos u opiniones, como hacemos cuando no queremos que nos hagan un spoiler de una película, o ahora con todo el tema de las decenas de variantes del Covid, hay un momento que decimos: ya no más, ya no quiero escuchar.
Pero, ¿por qué no queremos escuchar ciertas cosas? bueno, porque inconscientemente entendemos que hay temas que nos afectan, que lejos de aportar algo positivo a nuestra salud mental terminan desestabilizándonos emocionalmente, entonces lo sano es escuchar selectivamente aquello que merece ser internalizado. Evidentemente todo lo vamos a oír, pues nuestro órgano auditivo está presto a captar todos los sonidos aun en forma involuntaria, pero no todo lo deberíamos escuchar, al ser una acción consciente y voluntaria estamos en la capacidad de filtrar los mensajes y desechar todo aquello que nos resulte tóxico: las críticas destructivas, los consejos maliciosos, los chismes, las noticias amarillistas, etc., cada quien identificará el tipo de mensaje que afecta su paz mental.
Creo que a nadie le falta el amigo/familiar que siempre quiere dar un consejo, consejos que el 99% de las veces deberían ser aplicados a su propia vida, pero que aun así ellos se atreven a dar, gente que pretende opinar deliberadamente de tu vida sin ser precisamente un ejemplo en la de ellos, o que quiere influenciar tus emociones con comentarios impropios, esos son los tipos de mensajes que debemos decidir voluntariamente no escuchar, y así como esos, muchísimos más, la regla es básica: si no suma, resta, y si resta no conviene.
Les voy a contar una anécdota:
Cuando yo estaba recién casada, mi hermano que es una persona que le encanta mantenerse al día en congresos, talleres, capacitaciones, etc., se enteró que un reconocido coach motivacional venía a dictar una charla a la ciudad, y la charla estaba dirigida a las parejas, el conferencista prometía dar las “claves” para un matrimonio exitoso. Recuerdo que mi hermano, emocionado, vino a mi casa con las entradas para la charla, allí supe de quién se trataba, y le dije: “no voy a ir, no lo necesito”, contrariado me preguntó por qué, pues él estaba convencido que sería buena idea, y de verdad lo hubiese sido, pero entonces le expuse mis razones: ese conferencista que me daría las claves del éxito para un matrimonio feliz, ya tenía 6 divorcios a cuesta y una relación inestable.
¿Qué me iba a enseñar? ¿me iba a hablar de sus experiencias fallidas para tomar el ejemplo de lo que no se debe hacer? ¿dónde estaba la prueba del éxito, el enseñar con el ejemplo? ...obvio no fui, creo que él es muy bueno para ciertas cosas, pero no precisamente para dar consejos de pareja, pues su vida personal, no es su mejor carta de presentación en ese tema…esa vez decidí no oír, mucho menos escuchar.
Muchas personas quieren que los escuches, quieren influenciar tu vida, darte consejos, recomendaciones, sugerencias, etc etc etc., y muchos de ellos merecerán ser escuchados siempre que sus acciones se correspondan con su mensaje, pero a muchos otros solo deberás oírlos, sin escucharlos, pues su mensaje no edifica, no construye, no enseña, ni ejemplifica.
Hagamos un ejercicio rápido, bastante común: ¿cuántas veces un economista no te ha señalado el camino al éxito financiero? seguramente muchas, pero cuando lo conoces resulta que él está quebrado, ¿acaso su fórmula mágica no aplicaba a sus propias finanzas?, entonces, a “ese” solo lo debemos oír, a quien si tendríamos que escuchar si nos quisiera dar un consejo financiero es a Warren Buffett, porque él hablaría desde su experiencia de éxito, un consejo suyo está precedido por el ejemplo, ¿lo ven?
De eso se trata ser selectivos al escuchar, y eso aplica para todo en la vida, cuando lo ponemos en práctica conscientemente nos damos cuenta lo liberador y sanador que puede llegar a ser, es como mandarlos a todos a la porra con la máxima de educación y respeto; pero mucho más allá de eso, es que cuando aprendemos a escuchar nutriéndonos fundamentalmente de mensajes positivos apostamos por nuestra salud mental, algo que suele tomarse muy a ligera, pero que hoy por hoy se está convirtiendo en un problema serio de salud pública.
Ahora bien, en relación a este tema vale la pena recordar algo importante que según nuestra conveniencia podemos dejar pasar por alto, y es la bidireccionalidad en la comunicación, ya que nosotros igualmente somos emisores de mensajes, quizá somos los que damos los “consejos y sugerencias” no solicitadas; por tanto, no estamos exentos que alguien decida en algún momento silenciarnos, o sencillamente dejar de escucharnos; lo que quiere decir que ese filtro que activamos al escuchar en pro de proteger nuestra paz mental siempre debemos usarlo al emitir comentarios, pues liberarnos de toxicidad en la comunicación, también es nuestra responsabilidad.
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