Después de tres años, cuesta creerlo, pero hoy me siento frente a la pantalla, después de muchisímo tiempo de estar intermitente en esta web, de idas y venidas. Con un enfoque diferente, y muchisimas anecdotas para narrarles. Con un poco de tristeza en mi corazon, mezclado con la alegria de saber que Crónicas de una residente de pediatría llegó a su fin.
No voy a decir que se acabó de golpe, porque no fue así. Fue más bien como cuando sabes que algo está terminando, pero sigues caminando igual, cumpliendo horarios, haciendo guardias, viendo pacientes… hasta que un día te das cuenta de que ya no eres la misma persona que empezó, y que después de todo, eso que veias imposible, incluso a veces infinito, al fin culminó, y demanera satisfactoria.
Este blog ha sido testigo de todas mis versiones. Y cuando digo todas, es literal, mas que un blog, es mi sitio seguro donde hablo de todas esas locuras que pasan a diario por mi mente, y a pesar de que quiza estos ultimos 3 años no dedique el tiempo suficiente, me hace sentir bonito siempre volver acá y ver mis publicaciones viejas, me hace ver que tanto ha cambiado María a lo largo del tiempo.
Aquí escribí por primera vez siendo estudiante de medicina, llena de miedos, dudas y sueños enormes. Aquella etapa de Crónicas de un estudiante de medicina nació sin muchas pretensiones: solo quería desahogarme, contar lo que sentía, lo que no me decían en la facultad, lo que dolía y también lo que me emocionaba. Nunca imaginé que alguien más pudiera sentirse identificado con mis palabras.
Luego vino una de las etapas más bonitas y más duras a la vez: Crónicas de un médico rural. Mi servicio social obligatorio me llevó a Chuao, una costa hermosa, con playa, calor, clima tropical y realidades que no salen en los libros. Trabajé allí nueve meses que me cambiaron la forma de ver la medicina y la vida. Aprendí a resolver con lo que había, a escuchar más, a entender que muchas veces el médico también es apoyo emocional, consejero y compañía. Escribía cansada, sudada, a veces frustrada, pero siempre agradecida.
Después vino el gran salto: la residencia. Y así nació Crónicas de una residente de pediatría.
Tres años. Tres años de guardias interminables, de madrugadas sin dormir, de lágrimas escondidas en el baño, de risas en el pase de visita, de pacientes que se quedan contigo para siempre aunque solo los hayas visto unos días. Tres años de aprender a ser pediatra, pero también de aprender a ser más humana, más paciente, más consciente de mis límites.
Este espacio fue mi refugio. Aquí escribí cuando sentía que no podía más, cuando dudaba de mí, cuando me sentía pequeña frente a todo lo que debía aprender. También escribí cuando lograba algo, cuando un paciente mejoraba, cuando entendía por fin un tema que me costó meses.
Y hoy, sin drama pero con mucha emoción, puedo decirlo: esa etapa se cerró.
No significa que deje de escribir. Al contrario. Significa que empieza algo nuevo.
Porque ya no soy residente. Ya no soy estudiante. Ya no soy médico rural.
Ahora, por fin, puedo decirlo con calma y orgullo: soy pediatra, soy especialista. Y aunque aun no sepa muy bien que esperar de esto, me siento feliz y emocionada por lo que se viene.
Así que este post no es una despedida triste, sino una pausa para mirar atrás, agradecer y seguir. Todo lo que fui está aquí escrito. Todo lo que aprendí también. Y lo que viene… bueno, eso se irá contando poco a poco.
Bienvenidos a Crónicas de una pediatra.
Nos seguimos leyendo
Por los momentos me despido, espero que disfruten de esta nueva etapa en el blog, nos vemos en la siguiente publicación