A veces, cuando me miro al espejo, ya no reconozco al médico que una vez fui. La bata blanca, que antes me llenaba de orgullo, ahora se siente como un sudario, un recordatorio constante de las promesas rotas y las ilusiones desvanecidas. El recordatorio de algo que pudo ser, pero que no termino de madurar...
Ingresé al postgrado con el corazón lleno de esperanza, con la convicción de que la medicina era mi llamado, mi propósito en la vida. Quería aliviar el sufrimiento, curar heridas, ser un faro de luz en la oscuridad. Pero la realidad venezolana me ha arrastrado a un abismo de frustración y desesperanza, en el cual solo tengo amargura, dolor y desolacion en lo mas profundo de mi alma.
Cada día, entro a un hospital que se desmorona, donde la falta de insumos es la norma y la precariedad es el pan de cada día. Veo a mis pacientes sufrir, a niños que luchan por sus vidas en medio de la escasez, y me siento impotente, incapaz de ofrecerles la atención que merecen. Lo que me hace sentir, que pierdo mi tiempo y mi energia en algo que no tiene ya remedio.
Y luego están los familiares, con sus rostros angustiados, sus ojos llenos de reproche. Entiendo su dolor, su desesperación, pero sus palabras, a menudo cargadas de ira y acusaciones, me hieren profundamente. Me acusan de falta de vocación, de indiferencia, sin comprender que mi corazón también sangra, que mi alma también se desgarra. Y que al igual que ellos yo tambien sufro esta crisis politica que abruma a un pais entero, y que al igual que ellos la incertidumbre del que pasara mañana me acompaña cada dia.
La crisis económica aprieta cada vez más, como una soga alrededor de mi cuello. Los ingresos son insuficientes para cubrir las necesidades básicas. Ni siquiera puedo comprar un uniforme nuevo, unos zapatos decentes, la comida para mi familia. Me siento atrapado en un círculo vicioso, donde cada día es una lucha por sobrevivir. Por que por mas horas de trabajo que tengo dia, a dia, por mas especializacion que tengo, sigo en el mismo punto de siempre, sin poder avanzar, sintiendome cada vez mas frustrada y estancada.
Me pregunto si esto es burnout, si es solo una fase pasajera. Pero la duda persiste, como una sombra que me persigue: ¿me equivoqué de camino? Amo la medicina, la siento en lo más profundo de mi ser, pero anhelo libertad económica, estabilidad laboral, la posibilidad de perseguir otros sueños, otras pasiones.
¿Es falta de vocación querer una vida digna, un futuro donde pueda ejercer mi profesión sin sentir que me ahogo en la impotencia? ¿Es egoísmo anhelar un espacio donde pueda crecer, donde pueda florecer, donde pueda ser feliz?
A veces, me siento como un náufrago en un mar de incertidumbre, aferrándome a un pedazo de madera, sin saber si llegaré a tierra firme. Pero luego, recuerdo los rostros de mis pacientes, sus ojos llenos de esperanza, y encuentro la fuerza para seguir adelante, para no rendirme.
Sé que no estoy solo en esta lucha. Sé que hay muchos otros médicos venezolanos que comparten mi dolor, mi frustración, mi anhelo de un futuro mejor. Y sé que juntos, podemos encontrar la manera de transformar nuestra realidad, de construir un país donde la vocación no se sienta como un susurro lejano, sino como un canto de esperanza.
Porque al final, la medicina no es solo una profesión, es un acto de amor, un compromiso con la vida, una entrega al servicio de los demás. Y aunque la bata esté desgastada, el corazón sigue latiendo, la vocación sigue ardiendo, la esperanza sigue viva.
NOTA IMPORTANTE: Todas las imagenes son de mi propiedad, tomadas desde mi dispositivo movil, modelo I Phone 12