El pie derecho se detuvo al cruzar la ventana. y el ring del reloj marcó el tiempo. Su rostro se vistió de brillo.
A la derecha, un brazo seccionado y dos piernas pálidas. A la izquierda, el resto del cuerpo, hundido en el lodo espeso de su propia sangre.Sintió una punzada eléctrica naciendo en el cuello, esa advertencia que nunca le fallaba.
El pulgar raspó la palma una y otra vez, incontrolable, buscando el peso de algo para empuñar. Retrocedió dos pasos, clavando la mirada en el desorden, en la neblina del humo que lo pintaba todo de verde.
Un gemido seco murió en su garganta.
Los reclamos llovieron en su mente: "Por qué vine. El crucifijo no era la opción". Pensamientos que intentó alejar sacudiendo su cabeza, y el zapato que estaba en la puerta hizo que sus ojos vertíeran un torrente al suelo, reconociendolo como el obsequio de graduación.
El tendón desgarrado del tobillo se tensó y aflojó sobre el charco, un espasmo silencioso y casi definitivo.
Un olor a caoba quemada comenzó a inmovilizarlo, una presencia densa que oprimía el aire. Su pecho vibraba como cuerda en tormenta, mientras sus pies, se elevaron desde el suelo y un aleluya humedo lo abrazó.
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