El hombre avanzaba entre las ruinas, las botas aplastando cenizas que olían a hierro quemado. El cielo era un manto plomizo que ahogaba el mundo. En la mano llevaba un libro de cuero gastado cuyas páginas, casi en blanco, solo contenían una palabra: «Hogar». Era suya, aunque no recordaba haberla escrito.
— ¿Qué piensas, viejo? —preguntó el muchacho, acuclillado junto a un muro derruido. Trazaba círculos inútiles en la tierra con un palo. Sus ojos evitaban los del hombre.
—Nada que no duela —respondió él, guardando el libro—. Vamos. El tiempo apremia.
Caminaron en silencio. El viento traía ecos distorsionados de torres corroídas y pantallas que aún brillaban: «Obedece. Cree. Sonríe». Las palabras se enroscaban en la mente como humo pesado.
En un callejón encontraron a Mara, sentada entre escombros, envuelta en harapos. Sus manos tejían formas invisibles en el aire. El muchacho retrocedió un paso.
—Loca —susurró.
El hombre se detuvo. Los ojos de Mara ardían con un fuego lento.
—Piensa —dijo él en voz baja.
Mara inclinó la cabeza.
—El viento es lo que queda de lo que intentaron borrar. Escucha.
Cerró los ojos. Una ráfaga rozó al hombre, cargada de fragmentos: voces lejanas, risas cortadas, nombres que ya nadie pronunciaba. Por un instante creyó oír «libertad», pero la palabra se deshizo antes de solidificarse.
—¿Dónde las encontraste? —preguntó.
—En el ayer —respondió ella, señalando un edificio derruido de hormigón ciego—. Allí todavía respira algo.
El muchacho tiró con fuerza de la manga del hombre.
—No vayas. Es una trampa. Nos oirán.
Pero el caminante ya se movía hacia la entrada. Mara lo siguió como una sombra.
Dentro, el aire era denso, cargado de polvo y algo más antiguo. En una sala, las paredes conservaban rastros de palabras casi borradas: trazos que sugerían amor, pérdida, rebelión. Tocó con los dedos el contorno de «Hogar» y, por un segundo, vio una casa bajo un cielo azul y oyó la risa lejana de un niño.
Mara estaba a su lado.
—Perdí eso una vez —murmuró.
El lápiz tembló en la mano del hombre. En lugar de repetir la palabra, escribió un nombre propio —el de su hijo— y una fecha que creía olvidada. Cada trazo le dolió como si abriera una herida vieja.
Los megáfonos rugieron más cerca. Se oyeron pasos pesados sobre los escombros, el chasquido metálico de las correas, luces rojas que barrían las paredes como dedos acusadores. El muchacho apareció en la entrada, pálido y temblando.
—Vienen. Están aquí fuera. Nos van a encontrar.
—Que vengan —dijo Mara con voz ronca, pero sus manos se cerraron con fuerza.
El hombre cerró el libro. Miró al muchacho, que sudaba y retrocedía hacia la salida.
—Elige —dijo simplemente.
El muchacho dudó. Dio un paso adelante, luego se detuvo. Mara tomó su mano con firmeza. El viento arreció fuera, llevando consigo fragmentos de palabras que ya nadie controlaba del todo.
Cuando los guardianes irrumpieron —figuras uniformadas con visores opacos y megáfonos escupiendo órdenes—, el libro pesaba más que nunca en la mochila del hombre. No hubo truenos ni estallidos. Solo el ruido de botas, el olor a metal caliente y el miedo del muchacho, que se había convertido en algo físico, casi tangible.
Salieron de nuevo a las ruinas. El cielo seguía plomizo. En el pecho del hombre ardía algo que no se consumía del todo, pero también sabía que el viento podía llevarse todo en cualquier momento. El muchacho caminaba ahora a su lado, en silencio, con la mirada baja. Mara los seguía unos pasos atrás, sonriendo apenas, como quien ha pagado ya su precio.
Ninguno de ellos habló. Pero el libro, en la mochila, ya no estaba vacío.
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