Salvador Elizondo, de quien se cumplen 20 años de su fallecimiento (29 de marzo de 2006), fue un escritor –novelista, poeta, cuentista, ensayista y crítico de cine– de los más importantes del siglo XX en México (y más allá), perteneciente a la llamada “generación del 60”, donde destacan Carlos Fuentes, José Emilio Pacheco y Fernando del Paso, vinculado a las relevantes Revista Mexicana de Literatura, Plural y Vuelta. Fue muy cercano a Octavio Paz.
Fue autor de una veintena de libros, entre los que destacan su novela Farabeuf o la crónica de un instante, de 1965, por la que recibió el afamado Premio Xavier Villaurrutia, y el libro de cuentos Narda o el verano, publicado en 1966, del cual extraeré un cuento a comentar. Fue merecedor del Premio Nacional de Literatura en 1990.
Su obra narrativa se distancia de la corriente predominante en los 60, el llamado “realismo mágico”, construyendo una propuesta renovadora que va en la línea de lo que luego se conocería como literatura posmoderna, al mostrar su interés en temas estrictamente pertenecientes a la ficción (autoficción, metaficción). Así lo podremos ver en el cuento que reproduciré, perteneciente a Narda o el verano.
Narda o el verano es un libro de cuentos originalmente publicado en 1966, y reúne cuentos escritos entre 1953 y 1965. Ha tenido varias reimpresiones; yo poseo la de 1992, que hiciera el Consejo Nacional de la Cultura y las Artes, cuya portada reproduje arriba. Contiene cinco cuentos: “Puente de piedra”, “En la playa”, “Narda o el verano” (llevado al cine), “La puerta” y “La historia de Pao Cheng”. Este último es el que me interesa resaltar en este post; por no ser muy extenso, lo copio a continuación.
En un día de verano, hace más de tres mil quinientos años, el filósofo Pao Cheng se sentó a la orilla de un arroyo a adivinar su destino en el caparazón de una tortuga. El calor y el murmullo del agua pronto hicieron, sin embargo, vagar sus pensamientos, y olvidándose poco a poco de las manchas del carey, Pao Cheng comenzó a inferir la historia del mundo a partir de ese momento. “Como las ondas de este arroyuelo, así corre el tiempo. Este pequeño cauce crece conforme fluye, pronto se convierte en un caudal, hasta que desemboca en el mar, cruza el océano, asciende en forma de vapor hacia las nubes, vuelve a caer sobre la montaña con la lluvia y baja, finalmente, otra vez convertido en el mismo arroyo…”
Éste era, más o menos, el curso de su pensamiento, y así, después de haber intuido la redondez de la tierra, su movimiento en torno al sol, la traslación de los demás astros y la propia rotación de la galaxia y del mundo, “¡Bah!”, exclamó, “este modo de pensar me aleja de la Tierra de Han y de sus hombres, que son el centro inamovible y el eje en torno al que giran todas las humanidades que en él habitan…”. Y pensando nuevamente en el hombre, Pao Cheng pensó en la Historia.
Desentrañó, como si estuvieran escritos en el caparazón de la tortuga, los grandes acontecimientos futuros: las guerras, las migraciones, las pestes y las epopeyas de todos los pueblos a lo largo de varios milenios. Ante los ojos de su imaginación caían las grandes naciones y nacían las pequeñas, que después se hacían grandes y poderosas antes de ser abatidas a su vez. Surgieron también todas las razas y las ciudades habitadas por ellas, que se alzaban un instante majestuosas y luego caían por tierra para confundirse con la ruina y la escoria de innumerables generaciones.
Una de estas ciudades entre todas las que existían en ese futuro imaginado por Pao Cheng llamó poderosamente su atención, y su divagación se hizo más precisa en cuanto a los detalles que la componían, como si en ella estuviera encerrado un enigma relacionado con su persona. Aguzó su mirada interior y trató de penetrar en los resquicios de esa topografía increada. La fuerza de su imaginación era tal que se sentía caminar por sus calles, levantando la vista azorado ante la grandeza de las construcciones y la belleza de los monumentos.
Largo rato paseó Pao Cheng por aquella ciudad, mezclándose con los hombres ataviados con extrañas vestiduras y que hablaban una lengua lentísima, incomprensible, hasta que pronto se detuvo ante una casa en cuya fachada parecían estar inscritos los signos indescifrables de un misterio que lo atraía irresistiblemente.
A través de una de las ventanas pudo vislumbrar a un hombre que estaba escribiendo. En ese mismo momento, Pao Cheng sintió que allí se dirimía una cuestión que lo atañía íntimamente. Cerró los ojos, y acariciándose la frente perlada de sudor con las puntas de sus dedos alargados, trató de penetrar, con el pensamiento, en el interior de la habitación en la que el hombre estaba escribiendo. Se elevó volando del pavimento y su imaginación traspuso el reborde de la ventana que estaba abierta y por la que se colaba una ráfaga fresca que hacía temblar las cuartillas, cubiertas de incomprensibles caracteres, que yacían sobre la mesa.
Pao Cheng se acercó cautelosamente al hombre y miró por encima de sus hombros, conteniendo la respiración para que éste no notara su presencia. El hombre no lo hubiera notado, pues parecía absorto en su tarea de cubrir aquellas hojas de papel con esos signos cuyo contenido todavía escapaba al entendimiento de Pao Cheng. De vez en cuando el hombre se detenía, miraba pensativo por la ventana, aspiraba un pequeño cilindro blanco y arrojaba una bocanada de humo azulado por la boca y por las narices; luego volvía a escribir.
Pao Cheng miró las cuartillas terminadas que yacían en desorden sobre un extremo de la mesa, y conforme pudo ir descifrando el significado de las palabras que estaban escritas en ellas, su rostro se fue nublando y un escalofrío de terror cruzó, como la reptación de una serpiente venenosa, el fondo de su cuerpo. “Este hombre está escribiendo un cuento”, se dijo. Pao Cheng volvió a leer las palabras escritas sobre las cuartillas. “El cuento se llama ‘La Historia según Pao Cheng’, y trata de un filósofo de la antigüedad que un día se sentó a la orilla de un arroyo y se puso a pensar en… ¡Luego yo soy un recuerdo de ese hombre y si ese hombre me olvida, moriré…!”
El hombre, no bien había escrito sobre el papel las palabras “… si ese hombre me olvida, moriré”, se detuvo, volvió a aspirar el cigarrillo, y mientras dejaba escapar el humo por la boca, su mirada se ensombreció como si ante él cruzara una nube cargada de lluvia. Comprendió, en ese momento, que se había condenado a sí mismo, para toda la eternidad, a seguir escribiendo la historia de Pao Cheng, pues si su personaje era olvidado y moría, él, que no era más que un pensamiento de Pao Cheng, también desaparecería.
Cuando leí este cuento de Elizondo, hace varios años, fue inevitable pensar en aquel relato que Jorge Luis Borges incluyera en Antología de la literatura fantástica: “Sueño de la mariposa” de Chuang Tzu:
Chuang Tzu soñó que era una mariposa. Al despertar ignoraba si era Tzu que había soñado que era una mariposa o si era una mariposa y estaba soñando que era Tzu.
Se trata de un relato en bucle, como se le suele calificar, es decir, un relato donde el personaje, en este caso, Pao Cheng, representa o repite lo que el otro personaje (el otro, el mismo, diría Borges) está escribiendo. Es un relato de indudable carácter metaficcional, pues se nos presenta un personaje filósofo –Pao Cheng–, que se piensa (imagina) en su propia escritura, mediante un desdoblamiento imaginativo que nos devuelve al principio.
El cuento, además de abordar uno de los temas centrales de Elizondo: la escritura, nos interroga sobre el sentido de la vida y de la muerte.
Referencias:
https://www.fondoblancoeditorial.com/cuentos/la-historia-segun-pao-cheng-un-cuento-de-salvador-elizondo/
https://ciudadseva.com/texto/sueno-de-la-mariposa/
https://materialdelectura.unam.mx/cuento-contemporaneo/13-cuento-contemporaneo-cat/131-054-salvador-elizondo?showall=1
