Despacio, firme,
paso al precipicio.
Por meta propia me zumbo, me hundo.
La alternativa es descender,
aventarme al vacío cuando lleno
de incomprensión estoy.
Ficción al borde del abismo,
temblando, con la mira puesta
en caer al fondo, echo pedazos
-que ya lo estoy- pero el cuerpo
me mantiene, contiene, unido.
El frio vuelve a recorrer la sien,
pero el calor hace gotas en mi cuerpo
que, a doscientos kilómetros por hora,
se evaporarán y terminarán siendo
mi cruda simulada sangre.
Elegí la cúspide más alta,
la menos asidua de gente
para que este intento no tiemble,
como sí mis pies dubitativos,
cuando agote las últimas fuerzas
y me eyecte hacia al aire
donde perderé control y
respiraré mi antepenúltimo
aliento.
Es colgado de la nada
que las nubes no harán
resistencia.
Es dando bruces que mi instinto
tratará de aferrarse a lo que sea
le sujete a salvo
de la vida...
pero no habrá soporte en la gravedad
-la atmosférica- y sí cuando
el piso me haga padecer
la grave gravedad
de quebrarme
Oscilo entre lo que me dan los músculos
y lo que vacila mi precaria valentía
para arrojarme a la vacante de moribundo.
Miro hacia abajo y no hay vuelta atrás...
Debo romperme, a juro, para rearmarme.
Requiero volverme tan incomprensible
por fuera como me siento por dentro.
Todo vuelve a ser falaz, excepto
la sensación de morbidez.
Un primer último suspiro
para ver pasar mi vida en los ojos,
mas a ceño fruncido y párpados sin aberturas
colindo con todos mis logros e infortunios
antes de bajarme, yo mismo, del podio
al que erigí para desterrarme de mis pellejos
y respiros cuando estando arriba
me lanzaba mentalmente hacia mi túmulo.
Un paso al frente
y caigo al precipicio...
Me fui a morir yo solo,
encima de nadie,
excepto de mí mismo...
Desciendo despacio
y la vida vuelve a ser larga
en mis pupilas y mente,
aunque, en realidad,
demoraría pocos segundos
de grisácea existencia,
de cruel distancia,
antes de llegar
al foso.
Llegué
sí duele,
no duelo...
me quedan otros
dos saltos.