De Andrés Bello mucho se ha dicho. Indiscutiblemente, fue quien dejó honda huella, y eterno sentido, a todo cuanto tiene que ver con la historia del pensamiento latinoamericano, especialmente en lo que concierne a la Lengua Castellana.
Bien por sus raíces, por sus progenitores y por su constitución genética que lo convertiría en un ser especialmente dotado de una inteligencia incomparable. Así como lo hermoso de su lado humano, descubierto a través de poemas procedentes de lo más profundo de su ser, catalogados por algunos eruditos en la materia como descriptivos y de estilo neoclásico,y de carácter didáctico.
Hurgó igualmente en el misterioso mundo de la Naturaleza y las Ciencias. Al partir, a Londres, se llevó grabado en su memoria todo lo hermoso que dejaba atrás. Desde la distancia añorando su tierra natal, escribió dos de sus grandes obras: “La Alocución a la Poesía”y “La Silva a la Agricultura de la Zona Tórrida”
"El Cisne de Anauco"
A la luz de los primeros rayos del sol, él solía levantarse de su acogedor tálamo; bien acicalado como era frecuente, oloroso a lavanda, con su abrigo color vino, y aquella bufanda gris, tejida por su amada esposa. Apoyado al bastón de roble fino, avanzaba lentamente, por el zaguán de su casa, hasta llegar a una terraza donde atesoraba sus más caros recuerdos.
Era un espacio vestido de jardín, lucía entre sus barrotes, una enredadera cuyas hojas en forma de corazón, destilaban sentimientos, añoranzas y recuerdos. Macetas con rosas de colores purpurinos, margaritas, lirios y claveles eran los guardianes de sus momentos de ensueño.
Había un rincón donde adosado a su sillón de cuero negro, estaban sus obras maestras. La biblioteca que durante más de 40 años fue; sostén de sus cuadernos,enciclopedias, poemarios, cartas de sus amigos, estudiantes, familiares en fin, allí resguardaba sus creaciones y pruebas de su glorioso camino por la vida terrenal.
Se inclinó y tomó su pluma para escribir sus recuerdos. Cerró la gaveta de su escritorio caoba, para apoyar su brazo algo tembloroso y comenzó su viaje al pasado...
Su mirada lánguida, sus párpados flácidos por los años, inconscientemente se cerraron, arrellanado en su cómodo sillón y respirando el aromático fluido de las flores, comenzó a viajar…
"__¡Caracas! Mi añorada y hermosa ciudad colonial!, La que me vio nacer, allí quedaron mis amores, mis recuerdos, mis amigos, ¡Cuánto los extraño! Recuerdo que en el convento aprendí tanto y tantas cosas que hoy están a mi lado en ese estante a buen resguardo. Pero los momentos que disfruté en esas haciendas, el río Guaire, la quebrada de Anauco, El Valle de Caracas,
¡Oh…! Mi amada "Universidad de Caracas", donde me hice Bachiller en Artes, tantos recuerdos afloran, que tendría que escribir de nuevo y ya no estoy para esos trotes, me siento agotado, no obstante jamás a escribir me negaría.
Mi casa de estilo colonial, pintada de un impoluto color blanco, de cornisas, ventanas y dinteles que hermoseaban su perfecta arquitectura. Los techos rojos color ladrillo, con sus canaletas para desviar el agua de lluvia. Sembrada de flores y con un patio central donde jugaba mientras mamá preparaba sus deliciosos panes y manjares
Recuerdo una visita a mi casa en Anauco, que dejó especial complacencia en mí. Esa tarde vi que mis padres prepararon una hermosa recepción, sacaron los más finos manteles servilletas y vajillas traídas de Francia, había chelistas, cantantes de ópera, y ricos banquetes, un buen ágape y la más curtida intelectualidad caraqueña el visitante lo merecía. Era un gran y famoso científico de origen Alemán: El Barón Alejandro Humboldt, acompañado de sus expedicionarios. Esa noche leí varios de mis poemas. Y fui bautizado como “El Cisne de Anauco”
El Barón trajo consigo una cantidad de instrumentos para sus investigaciones que aproveché de dibujar todos y cada uno de ellos y así continuar con mis investigaciones, nos entendimos perfectamente pues yo hablaba su idioma. Me contó que su llegada a Venezuela fue casual pues cambiaron el rumbo debido a que el lugar de destino estaba atravesando una enfermedad de las llamadas “tropicales”.
Se preguntaba sobre los misterios de ese hermoso y verde sitio, donde los árboles hablaban casi con las estrellas por lo inmenso de su follaje. Eran como gigantes que con sus inmensas ramas jugueteaban con las nubes para convertirlas en espesa neblina. Lo inquietaban las cosa que contaban los lugareños. Decían que en los meses de abril y mayo, aquella montaña tomaba un color amarillo gracias a la floración de los araguaneyes, capaces de opacar ese tupido verdor, del las otras especies mientras duraba la primavera.
¡Ah! Recuerdo las tertulias con el Barón prusiano, eran las mejores. Allí conversábamos sobre política, ciencias, liberalismo, revolución, plantas naturaleza y por supuesto la poesía.
Llegado el momento de su propósito final, subir al “Cerro de Caracas” y sembrar su bandera en la cima, se me ocurrió algo increíble ¡Yo, Andrés Bello! Tuve la osadía de ofrecerme a acompañarlo en la expedición. Emprendimos aquel viaje muy entusiasmado, pero, yo solo pude llegar a un punto donde me tuve que regresar. Debido a mi condición física me fue imposible el turbulento y empinado ascenso. Quedé ansioso.
Días después a su regreso, pasó a despedirse, ¡Claro! Fascinado por todo lo descubierto y a agradecernos la hospitalidad y bendecir la riqueza que protege al valle de Caracas. Hubo un comentario que supe después de su partida. Resultó, que el Barón al despedirse de mi madre, le recomendó alimentarme mejor pues el cuerpo requiere buena nutrición, y de seguir así, no viviría muchos años y más aún, para quien estudia tanto. A propósito de ello, siempre decía a mi madre, “Que mi cerebro debería estar mejor alimentado que mi cuerpo”..."
__ Lo irónico de esto es, que nuestro “Cisne de Anauco”, vivió hasta la edad de 83 años, dejando sus huellas como: Dramaturgo, escritor, poeta, periodista, político, autor de enciclopedias, guías, libros de texto, científico, consejero, traductor, políglota, etc. Don Andrés Bello fue quien con su intelecto transformó la Literatura en Latinoamérica y más allá de sus fronteras.
Allí, en su sillón lo recibió Morfeo en sus brazos, pues de tanto recordar y añorar, su cuerpo y su cerebro, cedieron ante la premura del tiempo, que ya estaba dejando ver que nuestro Andrés Bello, se abría paso como todos los poetas hacia el onírico Nirvana.
Meses después dejó este plano en su Ciudad adoptiva y amada Chile, abundante de amor recíproco. Sus restos reposan en El Cementerio General de Santiago de Chile. En su tierra natal Venezuela, le fue otorgado un Cenotafio en su honor. Que se encuentra en el Panteón Nacional.
¡Qué grande fue, es y será, nuestro "Cisne de Anauco"…!