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Son las 6 de la mañana
cuando el sol clemente se levanta
en una fría mañana de otoño;
mis pensamientos se concentran en el presente,
en las dudas de mi existencia,
en qué tan correcto es el camino
que sigo desde los primeros días,
en mis capacidades y en mis esperanzas.
Lo único que no me atrevo a cuestionar
es mi esperanza en un futuro justo,
en un mundo mejor,
en extender los límites de mi horizonte,
en que mis pies finalmente sean libres
de poder andar a donde le plazca
sin ninguna preocupación
excepto el presente.
Razones infantiles tendré,
pero al menos pido a la vida misma
que me permita aferrar a ese sentimiento
que me mantiene en constante movimiento,
porque sin esa esperanza en el corazón,
en el alma y en la mente siento
que nada tiene sentido,
que estoy muerta en vida.
