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Cada año hacemos propósitos,
de los cuales solo cumplimos
apenas la mitad o al menos
uno de ellos.
Llega un momento en el que
nos preguntamos una mañana,
una tarde, una noche
¿de qué sirve hacer eso?
¿Por qué proponernos cosas
poco realistas para nosotros?
¿Por qué hacer promesas
que no podemos cumplir?
Quizás sea para retarnos
a nosotros mismos
como seres de costumbres
que somos desde hace milenios.
O quizás porque desconocemos
cuándo será el día en que
moriremos, temiendo el
arrepentimiento eterno.
¿Quién sabe la razón?
Solo nosotros mismos
y nadie más;
solo nosotros.
