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"¿Un buzón de quejas?, ¿cómo está eso?", preguntó Zeus una mañana en la sala del trono del Olimpo.
Su hijo Hermes, quien era el dios del comercio y mensajero particular del Olimpo, le respondió: "Bueno, mi querido padre y señor, en la Tierra muchos comerciantes han puesto a la vista una caja pequeña con una rendija en donde depositar unas papeletas. Los comerciantes después abren la caja en el otro extremo y empiezan a leer lo que la gente dice de sus negocios de forma anónima".
"¿O sea que la gente puede decir lo que piensan de mí libremente y a riesgo de ser castigados?", le interrumpió el rey de los dioses.
"Eh, sí... Pero debes tener en cuenta que los comerciantes no se toman a ofensa todo lo que les dice la gente. Les ayuda a mejorar su servicio".
"Interesante... ¿Y crees que sea buena idea poner una cosa así en los templos?"
Hermes se quedó callado por un momento. Zeus y otros dioses del Olimpo nunca han sido gente que tomaran a bien la crítica de los demás, sobre todo de los humanos. Poner un buzón de quejas en los templos sería un auténtico desastre; capaz las quejas terminasen por inundar el Hades de tanta gente muerta por los rayos de Zeus, los monstruos de Hera o las armas de Ares.
Así se lo comunicó a Zeus, quien, tras mucho rato de pensar bien la situación, determinó que se instalaran los buzones en cada uno de los templos más importantes de Grecia. Hermes quería recordarle la desventaja de su uso, pero conociendo a su padre, no tuvo de otra que obedecer.
"¡¿Pero de quién carajo fue la idea de poner un buzón de quejas?!", exclamó Hades con furia mientras entraba a la sala magna del Olimpo.
Todos los dioses señalaron a Zeus. Éste, visiblemente aterrorizado por la furia de su hermano mayor, intentó calmarlo. Pero el señor del Inframundo le cortó la palabra diciéndole: "Zeus, entiende que ese buzón se instaló con la idea de que mejoraras tu imagen, ¡tu puta imagen! ¿Es que acaso vas a estar matando a todo aquél que piense que eres un jodido incompetente? Ya ni Ares, el más temperamental de tus hijos, se toma tan a pecho lo que dicen de él".
Zeus se quedó callado. Hera, quien no podía aguantarse la risa, exclamó: "¡Te lo dije!"