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Casimiro suspiró hondamente mientras dejaba de lado su teléfono móvil. El doomscrolling estaba empezando a serle muy cansino. Por desgracia, las redes sociales constituían su ventana al mundo siempre convulso, siempre cambiante. Un mundo que estaba encaminándose hacia un futuro distópico, caótico, oscuro, con corporaciones empezando a posicionarse en distintos puntos del gobierno, y con CEOs obsesionados por el control, el poder y hasta la inmortalidad.
Reflexionando con detenimiento, el joven reconoció que en todos lados "se cuecen habas", como decían los adultos mayores. Guerras, represiones, asesinatos, genocidios. La vida cada vez es más complicada en todos los ámbitos, desde lo laboral hasta lo personal.
El internet, eso que alguna vez fue un mar de información y de cosas inesperadas, se tornaba más a pura inteligencia artificial mal utilizada, a entretenimiento barato. A un mar repleto de cosas de toda naturaleza que poco a poco va deshumanizando a la población.
Era como vivir en una novela cyberpunk.
Casimiro frunció el ceño. Esa última palabra le causaba ruido y a la vez le generaba la sensación de que el mundo se fue al carajo desde algún punto de la historia.
Y pensar que eso fue ficción en su momento.
Con un hondo suspiro, el joven levantó la mirada hacia la ventana del consultorio médico en donde se encontraba en esos momentos. En su fuero interno, estaba agradecido por no estar casado y por no tener hijos. Reconoció que el matrimonio no era lo suyo, y que tener descendencia en esos tiempos era sinónimo de condenar a sus hijos a vivir en un mundo donde no tendrías nombre, pero sí un número en una ciudad de alta tecnología y con marcada desigualdad social.
