Nota de la autora: El siguiente relato está inspirado en la canción Walk, del cantante británico Kwabs, y en el film de Amy Redford The Guitar.
Fuente de la imagen: Pexels
La noticia le cayó como agua fría. De momento no supo cómo reaccionar; muchas dudas surgieron conforme escuchaba lo que el médico le explicaba sobre las posibles situaciones a las que se enfrentaría conforme su enfermedad avanzara.
Apenas se despidió del médico y salió del consultorio, suspiró hondamente, pagó a la secretaria el importe de la consulta, y salió al pasillo del hospital. Necesitaba buscar un solo lugar en donde desahogarse en solitario; un lugar donde pudiera llorar con desconsuelo.
No sabía si acudir a aquellos amigos de la universidad que tiene en las redes sociales, a quienes felicita en sus cumpleaños y los ve en las reuniones... Aquellos que le ignoran en su cumpleaños o cuando anuncia alguna fecha especial. Tampoco sabía si recurrir a su novio, cuya infidelidad con su mejor amiga apenas descubrió el día anterior. O a sus padres, quienes habían mostrado una clara preferencia por su prima Charlotte, hija de una hermana de su padre. O, por último, a sus compañeros de trabajo, a quienes les hacía toda clase de favores.
Caminando por las atestadas calles que la llevaban hacia su empleo, Mary pensó y pensó. Cuando llegó al parque que estaba frente al edificio en donde trabajaba, decidió sentarse en un banco. Contemplando a la gente que iba y venía, se preguntó qué estaba haciendo con su vida, si valía la pena pasar sus últimos dos meses en la Tierra con las personas que la rodeaban, y si sacrificar sus sueños era necesario para poder vivir con decencia en un mundo donde cada vez más la máquina va sustituyendo al hombre hasta en las tareas más sencillas.
Las lágrimas empezaron a salir sin control; en silencio, en soledad, se dio cuenta de que aquella vida triste y gris que llevaba sería lo que viviría en sus últimos días, a menos que ella decida dar los pasos más atrevidos.
Miró hacia el edificio de cristal que se levantaba imponente en la cercanía; probablemente le reprocharían por llegar tarde, e incluso la despedirían.
Y ella no tenía nada más que perder.
