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Cuatro de la mañana. La luz del cuarto estaba encendida porque la habitación suele tener humedad durante el invierno tropical. Entre sueños, Alfonsina escuchó los golpes en la ventana. Pisadas tenues en la tierra.
Pensó que eran sueños o alucinaciones, porque los primeros golpes los escuché en medio del mundo onírico, pero los dos últimos los escuchó después de ir al baño, como si estuvieran lanzando piedras, a juzgar por la distancia de tiempo entre ruido y ruido.
O serán tres, con un sonido parecido más a los intentos de un ave queriendo entrar. ¿O sería un gato?
Negó con la cabeza. No. No era un animal.
Quizás sea un mal aire, algún mal espíritu o un fantasma travieso. No quería ni averiguarlo. Por eso no se levantó para acercarse a la ventana.
Optó por buscar en el Internet el Salmo 91, el de la protección divina. Lo rezó un par de veces con fervor, persignándose, enfocándose en el refugio del Altísimo, tratando de calmar su sobresalto.
De repente escuchó el ronquido de su hermano, quien dormía en el lado contiguo. Dichoso él, se dijo, quien no escucha nada, quien tiene el sueño tan profundo como el océano.
Miró la hora. 4:33 de la mañana. El ruido cesó, o eso creo. Solo Dios sabrá qué pasó.
Escuchó de repente que el portón del patio se abre. Su tía lo abrió por los perros, así que aprovechó levantarse y salir de su habitación para dirigirse a la planta baja.
Le narró a su tía lo sucedido mientras salíamos al patio cob la luz de mi teléfono encendida. Su tía comentó que escuchó pisadas en el techo.
Alfonsina acechó con cierta rapidez, buscando al menos una huella. Los perros solo se enfocaron en ir al baño. Entraron a la casa, regresando cada quien a su cuarto.
Alfoinsina lanzó un suspiro apenas cerró la puerta. Su corazón estaba un poco acelerado ante tanto susto.
Tomó su teléfono y miró la hora. Cinco de la mañana. En una hora más el sol acecharía en el horizonte.
Apagó la luz, se acostó y cerró los ojos, perdiéndose en el mundo de los sueños.
