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Eran las 6:45 de la mañana cuando Yolanda vio una llamada entrante de un número desconocido. Su primera impresión fue que podría tratarse del Seguro Social, como sucedió aquella vez anterior, cuando reagendaron la cita de su abuela para fechas lejanas; sin embargo, dudaba que ese fuera el caso, dado que el día anterior ya había acudido al hospital a reagendar aquella cita para una fecha más cercana.
La segunda impresión fue que se trataba de algún estafador. Pero por lo general esa gente solía llamar en horarios más tardíos.
Ignoró la llamada un par de veces antes de contestar a la tercera por mera curiosidad. Pero no habló; esperó a que el que estuviera llamando diera el primer paso. El operador preguntó por un pariente suyo, quien había hecho un préstamo a través de una aplicación de tantas. Yolanda, usando un tono más bajo, dijo que se había equivocado de número y colgó. De inmediato bloqueó el número.
Fue a la planta baja; ahí se topó con su pariente, a quien le comentó lo sucedido; éste le dijo que ya les había pagado, que no tenían por qué llamar más. Incluso le refirió que estuvieron molestándole desde las 4 de la mañana.
Yolanda suspiró. Le pidió a su pariente que no la colocara de nuevo como referencia en esas aplicaciones y que tuviera cuidado en dónde estuviera pidiendo préstamos.
Unas horas después, en la biblioteca, recibió el mensaje de una tal Kate. Yolanda casi se moría de la risa.
No era la primera vez que gente desconocida la contactara preguntando si era fulana, mengana o ciclana. Eran estafadores buscando sonsacarle algún dato importante que pudieran explotar.
"Gente floja sin oficio ni beneficio", musitó mientras le respondía con un GIF y lo bloqueaba.
Miró la hora. Era mediodía. Hora de ir al mercado a buscar la tortilla.
