Rebeca sentía que su mente convulsionada. Su abuela Valeria, de 88 años, se había caído de bruces al suelo al perder el equilibrio en el patio de la casa. Cayó de frente o de lado; ella no lo pudo ver porque estaba en su habitación.
La llevaron a urgencias del centro de salud cercano. Le dijeron que debía guardar reposo, que debía ponerse compresas frías. Ni siquiera fueron a misa el domingo justamente para que la anciana no se esforzara mucho.
Tres días después, tuvo que llevarla de nuevo al centro de salud debido a que su rodilla estaba demasiado hinchada, de donde la canalizaron al hospital de la seguridad social; ahí la atendieron después de un par de horas de espera, en donde le recetaron diclofenaco y paracetamol, así como una inyección de una medicina para el dolor y la desinflamación que no especificaron en el parte médico. Y al día siguiente, tras regresar con su madre de la pedicurista, tuvo que llevarla al médico particular de la farmacia, pues los tres dedos medios del pie derecho se habían hinchado.
No entendía por qué se dio esa situación. Hasta le preguntó a su abuela qué había hecho, si estuvo parada todo el día, y quizás en la cocina, cuando se supone que debía estar caminando un poco y reposando; conociendo a su abuela, era probable que sí, solo que ella no se atrevería a admitírselo, como todo adulto mayor acostumbrado a ser activo desde su infancia.
Mientras se sentaba en la silla a secarse el cabello después del baño, Rebeca reflexionó con detenimiento.
Podía entender que los médicos de la seguridad social tienen el tiempo medido, que no hay suficientes medicinas, que el presupuesto cada año es más corto. No podía culparlos de no brindar la atención que se quisiera a cada caso. Sin embargo, el hecho de que la salud pública se haya convertido en una burocracia era aniquilante. Ya no se trataba de las vueltas; se trataba de que si había una urgencia, no podían acudir al hospital de manera directa. Tenían que ir primero a consultar con el médico familiar para que éste dé la orden de traslado para ser atendida.
Peor si se trataba de un adulto mayor. La seguridad social, por lo que amistades y conocidos le han señalado, y ella misma se había dado cuenta, le daba mayor prioridad a alguien joven y sano que aún pueda aportar en impuestos para solventar su funcionamiento. Las medicinas que le daban a los ancianos eran solo paliativos; los cuidados eran mínimos. Prácticamente estaban dando a entender a las familias de este tipo de pacientes que lo mejor era dejarlos consumir por la enfermedad.
El sistema de salud privado no requería tanta burocracia, pero sí mucho dinero. Algo que Valeria, quien tuvo que dejar de lado su pequeño negocio para estar al cuidado de su abuela, no tenía. Por lo tanto, tendría qué endeudarse para poder llevarla a una atención médica más especializada, mandando a la mierda toda la burocracia sanitaria que, viéndolo bien, era más un obstáculo que debe arrancarse de raíz.
