Capítulos
Prólogo
Uno
Dos
Imagen editada con Canva. Fuente de la imagen: Pexels
Desde que llegué al harén, todas las noches soñaba con mi familia; soñaba cómo corría hacia ellos, desesperada por verlos, abrazarlos, decirles que estaba bien, que regresaré y que viviremos juntos de nuevo. Soñaba cómo los traficantes me arrancaban de sus brazos, como si fuera un animal salvaje al que un cazador le tiende una trampa. Soñaba y despertaba llorando en silencio; me mordía los labios, con la opresión en el pecho, con los impulsos de huir sabiendo que posiblemente me enfrentara a un destino peor que permanecer aquí. Aquellas mujeres que intentaban escapar enfrentaban dos destinos: o eran enviadas o a los burdeles cuyos dueños pertenecían a la corte, o eran obligadas a trabajar en las minas de Longinos, ubicadas en la zona sur de Saturno.
Yo no quería ni lo uno ni lo otro. No quería ser una estadística más en aquel mundo alienígena tan cruel, tan desprovisto de toda humanidad. Quería escapar, regresar a casa, abrazar a mi familia y olvidarme de todo esto. Mi deseo, mi anhelo por regresar a casa era tan fuerte que muchas veces me agarraba el amanecer pesando en algún modo de largarme de aquí sin ser atrapada. Claro, si pudiera tener aliados en este lugar, podría lograrlo.
Aliados… ¿Quiénes podrían ser mis aliados? ¿Quiénes podrían ayudarme con esta empresa, fuera de varias de mis compañeras que compartían conmigo el anhelo por nuestros hogares?
Esas dudas invadían mi mente conforme empezaba a adaptarme y a observar con toda discreción la dinámica del harén.
Confieso que adaptarme a este lugar no es fácil para mí. Soy tímida por naturaleza; no suelo confiar mucho en la gente, especialmente en entornos extraños como el harén. Las compañeras que han estado en el harén por años me veían cuan bicho raro; algunas de hecho eran demasiado incrédulas para pensar que yo aún no haya tenido experiencia con varón. Algunas me preguntaron cómo podía aguantar las ganas de estar con un hombre, de no tener relaciones sexuales. A todas les contestaba lo mismo: no me sentía preparada. No me sentía ni siquiera segura con el hombre con quien estuviera. Era una suerte de instinto que me decía que no lo hiciera con ese hombre… Aunque siendo honesta, hay momentos en los que yo misma me preguntaba también por qué no me animaba a la experiencia.
Todavía tengo presente en mis pensamientos la advertencia de Aquilla: si no ganaba experiencia pronto, tendría que enfrentarme al trauma de verme despojada de la virginidad de una forma muy violenta.
Pero no quiero eso. No quiero que ningún hombre de ese palacio me toque. No quiero llamar la atención de nadie, ser forzada a compartir su lecho y morir en la cama de parto. No quiero ser concubina o esposa esclava. No quiero estar en un ambiente tóxico, donde la esposa esclava es tratada con el más grande de los desprecios, como si fueras un objeto insignificante cuya única función es la de parir hijos a la familia cuantas veces quisieran.
Quiero regresar a casa, a mi familia, a mis amigos. Quiero continuar con mis sueños y mis esperanzas. Quiero... Quiero...
“¡Atención! La Matrona del Harén Aquilla y la Gran Concubina Meleke”, escuché el anuncio de uno de los eunucos del palacio.
Todas nos levantamos y nos pusimos en fila, haciendo una pequeña reverencia; las puertas del harén se abrieron. A la estancia entraron Aquilla y una bella mujer de piel morena y atavíos rojos; su larga cabellera oscura estaba trenzada, adornada con perlas. Colgada en la frente llevaba un adorno de intrincado diseño con una piedra roja en el centro.
Una de mis compañeras de al lado me dijo en voz baja, en un marcado inglés: “Hoy es la asignación de nombre para ustedes las nuevas. Con ese nombre serás conocida”.
La miré de reojo, sorprendida. Por lo visto, este harén tenía una franca similitud con el otomano. A las mujeres traídas de otras partes del mundo se les asignaba un nuevo nombre con el cual serían conocidas desde ese momento. Una asignación que sentaría la primera piedra en la renuncia a tu identidad anterior, a tu mundo, a tu familia, a tu libertad misma. Un escalofrío recorrió mi espalda cuando me acordé de las palabras de Aquilla: El emperador y su corte son los que deciden qué hacer contigo y con los de tu raza. Ellos ya son dueños de tu destino.
“Joder…”, musité mientras observaba a Meleke y Aquilla sentarse en la parte central del harén, franqueadas por dos guardias que tenían sus manos ceñidas en sus espadas curveadas, atentos a la primera orden de Meleke. Otro hombre, a quien percibí como el jefe de eunucos, dio un par de aplausos y exclamó: “¡Que se acerquen las mujeres nuevas!”
De inmediato me acerqué junto con mis demás compañeras. Nuestras miradas se enfocaron en el suelo mientras hacíamos una reverencia. Aquello era una señal de sumisión a nuestro nuevo hogar, aunque en nuestros corazones el anhelo de regresar a casa latía al unísono con nuestros corazones.
“Nada mal, Aquilla. Son mujeres bonitas las que has elegido para este harén”, escuché que dijera Meleke a Aquilla con satisfacción.
“Agradezco sus palabras, Gran Concubina Meleke”, contestó Aquilla con reverencia.
Un momento después, Meleke se levantó y empezó a asignarnos nombres. Meleke solía tomarse uno o dos minutos en pensarse el nombre; le preguntaba a la chica de turno cuál era su nombre real, y le asignaba un nombre acorde a su personalidad, o algo así me pareció entender. Cuando llegó mi turno, pues era la última, sentí como Meleke me tomó de la barbilla y me examinó el rostro.
“¿Cuál es tu nombre?”
“Martha Videgaray, Gran Concubina”, le contesté, nerviosa.
Observó mi rostro una vez más. Con una serenidad que me dejaba demasiado inquieta, Meleke me dijo: “Aquilla me dijo de ti. Los médicos recién procuraron mejorar tus ojos y tu salud, de modo que puedas procurar herederos al imperio o a uno de sus servidores, a sabiendas de que quizás te enfrentes a una experiencia traumática debido a tu naturaleza tímida y desconfiada... Pero también noto que eres fuerte y decidida cuando una idea se te cruza por la mente. He de confesar que no estaba segura si el nombre que se me ocurrió cuando me hablaron de ti sería el adecuado, pero ahora ya lo estoy. Desde este momento serás Güzelay, la del misterio en nuestra lengua; ese será el nombre con el que serás llamada tanto por hombres como por mujeres”.
Tal y como me aconsejaron las mujeres más antiguas del harén, incliné la cabeza en señal de respeto y dije: “Agradezco su generosidad al asignarme un nombre, Gran Concubina. Prometo no decepcionar a nadie de este imperio”.
Meleke sonrió con satisfacción y me dijo: “Estoy segura de ello”.
Con un gesto, Meleke ordenó que regresáramos a nuestros lugares. El jefe de eunucos, ante una señal de la Gran Concubina, dio por inaugurada la celebración en nuestro honor. Enseguida trajeron bandejas con frutas exóticas, algunas de las cuales tenían el sabor del tomate, la manzana, la pera, la frambuesa, el arándano y la fresa. De bebida nos sirvieron una especie de vino dulce proveniente de las mejores cosechas imperiales. Las mujeres más antiguas del harén realizaron danzas frenéticas que involucraban fuego, velos y hasta espadas.
Mientras observaba el entretenimiento, la compañera que me hizo el comentario sobre la asignación de nombre, quien se presentó como Fennah, me dijo: “Tu nombre es turco”.
“¿Turco?”
“Sí. Soy de Turquía, por eso lo sé”.
“¿Eres de Turquía? !Siempre he querido visitar Estambul, ¿sabes?!”, exclamé, emocionada.
“Bueno, yo soy de Ankara, pero no te niego que Estambul es una ciudad muy hermosa. Ahora, respecto a tu nombre, en Turquía es un apellido común. Significa luna bella; güzel es bella y ay es luna. Aquí en el imperio a todo nombre le dan un significado distinto. Personalmente no te queda nada mal el nombre; le da fuerza a tu personalidad”.
“¿Hace cuánto que estás en este harén, Fennah?”
“Cinco años. Tenía 21 cuando me trajeron aquí desde Ámsterdam. Era estudiante de intercambio en la carrera de Historia del Arte”.
“¡Wow! ¡Eso es maravilloso! En la preparatoria era una de mis materias favoritas. Lastimosamente en mi país no es una carrera que se pueda encontrar en cualquier universidad pública”.
“¿De dónde eres, Güzelay?”
“México. Concretamente de Mérida, Yucatán”.
“¿México? ¡No lo aparentas! En serio te lo digo. Podría jurar que eras de España o del norte de Italia. Tu apellido me daba esa impresión”.
“Bueno, mi padre es de origen español y ruso. Sus abuelos se marcharon de España durante la Segunda Guerra Mundial, o eso es lo que me contaron”.
“¿Y qué hacías antes de que te secuestraran?”
“Soy antropóloga. Trabajaba de todo un poco, dado que no tenía un empleo fijo”.
“¡Oh! Estudiaste una carrera muy bonita. Ir a desenterrar huesos, conocer culturas antiguas…”.
“Bueno, ese es el trabajo de la arqueología, más que nada. Se nos confunde mucho dado que nos enfocamos en el estudio de la cultura. Lo que nos diferencia es nuestro modo de trabajar. Los antropólogos trabajamos con la gente, interactuamos con ella y con su cultura; los arqueólogos analizan culturas antiguas a partir de los objetos que se desentierran. Sin embargo, trabajamos en conjunto cuando se requiere analizar el estado en el que se encuentra el objeto o la osamenta antigua. La antropología, de hecho, es una carrera muy vasta; tiene distintas ramas que va desde lo social hasta lo médico”.
“No sabía eso de que la antropología abarcara tanto. ¡Es fascinante!”
“Lo es. Una vez que adoptas los lentes del antropólogo, ya no te los retiras. Por ejemplo, si nos ponemos a analizar la cultura saturnina, o al menos este harén, encontraremos similitudes con la cultura otomana. Siempre será una mujer quien dirija el harén, la madre del gobernante actual en el caso otomano. Aquí no sé si la Gran Concubina es la madre o la esposa del emperador, pero digamos que ejerce una función similar a la de la Valide Sultan o Madre Sultana. Ella dirige el harén y es la encargada de designar el nombre nuevo a la concubina o esclava de recién ingreso. Quizás ella tenga influencia en los asuntos políticos del imperio, como lo han hecho las Valides”.
“No estás del todo equivocada”, intervino otra compañera del harén, quien estaba sentada en la mesa de al lado. “Perdonen mi interferencia en la plática; no pude evitar escuchar sobre sus vidas anteriores y sus profesiones en su planeta natal. Mi nombre original es Naftli, Gülbahar en este harén. Soy de Saturno- Respecto a la Gran Concubina, en efecto, ella es la que dirige el harén, pero no es la madre del emperador Ergane, nuestro gobernante. Es su hermana menor”.
Miré a Gülbahar con sobresalto. “¡¿La hermana menor?! ¿Acaso practican el incesto?”
Gülbahar, negando con la cabeza, me explicó: “No, no. Meleke, al ser la hermana pequeña del emperador, es designada como Gran Concubina en sustitución de su madre, Adelaide, quien falleció hace unos cinco años de muerte natural. Ella dirige el harén con eficiencia, eso es de reconocerse. De hecho, procura que las recién llegadas se sientan bienvenidas aquí, considerado el lugar más seguro del palacio, y reciban educación”.
“Uhmmm… Entiendo. Es prácticamente el caso de Mihrimah Sultan, la hija de Soleimán El Magnífico; su hermano Selim II le pidió que dirigiera el harén”.
“Veo que conoces la historia de mi país”, me comentó Fennah con curiosidad.
“Me gusta la Historia. En el caso de tu país, me parece interesante el Sultanato de las Mujeres. Ahora, veo que el harén conserva su esencia de institución educativa para las mujeres y los hijos de éstas. ¿Qué se espera que aprendamos aquí?”
“Música, danza, y literatura”, respondió la amiga de Gülbahar. “Es todo lo que se nos enseña”.
“Ya... ¿Y el emperador tiene a alguna mujer principal? ¿Una emperatriz?”
“Tuvo una, pero falleció en circunstancias bastante turbias hace siete años”.