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Imagen editada con Canva. Fuente de la imagen: Pexels
Los preparativos para el viaje a Titán estaban en marcha. Los sirvientes corrían de aquí para allá, envolviendo los muebles con sábanas blancas, empacando ropa y armas, afinando los motores de las pequeñas naves cazadoras y de las naves nodrizas en las que todos viajaríamos.
Aghar me ayudaba a empacar un poco de ropa y unos libros prestados de la biblioteca; por mi parte, me colgaba en el cuello la armadura portátil como si fuera un dije cualquiera y ocultaba la daga entre mis faldas.
Debo admitir que estaba nerviosa ante la perspectiva de que pronto emprenderé un viaje que quizás culmine en un escape exitoso o en una muerte horrorosa. Tenía que prepararme para todo; tenía que meter en mi mente la idea de que una vez fuera del alcance de los saturninos, estaré a mi suerte en una tierra desconocida.
Ruego a Dios y a todos los santos que este viaje sea uno seguro, que me guíe a casa, a mi familia… Y que nunca vuelva a ver jamás a los Borg ni a toda esa corte de gente sin escrúpulos.
Unos golpes en la puerta me sobresaltaron. Aghar fue a ver quién era; un minuto después, me anunció la presencia de la duquesa de G. Levantándome del tocador, le indiqué que la hiciera pasar.
“Su Excelencia, ¡qué agradable sorpresa!”, la saludé con una sonrisa serena mientras la abrazaba. “¿Cómo han estado usted y su familia? Espero que todo esté bien”.
“Podría decir que sí, mi querida Güzelay, pero desafortunadamente no es así. Mi esposo aún no logra superar lo que le ha hecho el emperador hace una semana”, me respondió la duquesa con franqueza.
Nos acercamos a una mesita que se encontraba cerca del balcón y nos sentamos. Mientras Aghar salía a buscar un poco de té y galletas, le comenté a la duquesa mi opinión sobre su inasistencia; pensaba que su presencia enviaría un mensaje poderoso a los Padernelis.
La duquesa lanzó un suspiro. “Comprendo que pienses que nuestra inasistencia es una cobardía, Güzelay, y quizás lo sea. Sin embargo, a veces es mejor salvar la dignidad antes de someterse a otra humillación. Nos evitaríamos hasta problemas serios”, me dijo con honestidad.
“¿Y qué harán mientras buena parte de la corte esté fuera?”
“Planeamos un viaje a Neptuno; tenemos ahí una propiedad en donde pasamos unas temporadas. Quizás eso sea lo que necesitamos”.
“Espero que encuentren allá algo de fuerza para regresar a la corte después de la cacería”.
Aghar regresó con una bandeja llena de galletas, una tetera y dos tazas. Hablamos de otros temas más alegres, con la duquesa recordando sus tiempos de juventud y sobre Ceren y la emperatriz Ilya, a quienes ella admiraba por su valentía. Mirándome de reojo, la duquesa me dijo que le recordaba mucho a Ceren, tanto por mi carácter como por algunos rasgos físicos.
“No es la primera vez que me dicen que me parezco a ella”, le respondí. “De hecho, creo que Ceren fue muy afortunada en tener a un hombre como el general Bey. La amó tanto que por eso decidió liberarla y escoltarla a su planeta. Me hubiera gustado que algo así me sucediera con mi esposo, pero no se puede tener todo en la vida”.
“Tu esposo, querida, no ama a nadie más que dos cosas: a sí mismo y al poder que significa Ecclesía”.
“Ecclesía no es miembro de la familia imperial”.
“No, pero los Borg necesitan su influencia para obtener el poder”.
Estuve a punto de decir algo más cuando Adelbarae entró a mis habitaciones. Su mirada se tensó al ver a la duquesa, quien se levantó y lo saludó con fría diplomacia. El intercambio de palabras eran cordiales, más no podía evitar percibir una precaución extrema por parte de mi marido, quizás consciente de que enfrentarse a la formidable adversaria de su amante sería una locura en momentos de tensión.
Cuando la duquesa se despidió de mí y se marchó, Adelbarae me miró con aire inquisitivo y me preguntó: “¿Qué quería esa mujer?”
“Solo vino a despedirse, Adelbarae”, le contesté en un tono suave mientras le indicaba a Aghar que ya podía llevarse la bandeja con el té.
“¿Despedirse? Güzelay, se te ha advertido que no debes interactuar con nadie de esa familia”, espetó Adelbarae mientras se acercaba. “Esa mujer podría estar sonsacándote información sin que tú lo sepas”.
Con cansancio, le contesté: “¿Información sobre qué, Adelbarae? ¿Sobre Ceren y Hanis Bey? Porque ese es el único tema del que estuvimos hablando en todo este rato que pasó conmigo, aparte de preguntar por mi salud y desearme suerte en la cacería, aunque yo no participaré en ella”
Mi marido frunció el ceño. No lo veía muy convencido. “No sabía que la duquesa tenía interés en Hanis Bey”.
“Más bien en Ceren, su esposa, a quien liberó al año de casarse; llegó a decirme que me parezco a ella en el aspecto físico… Pero bueno, hablemos de otro tema, que no creo que te interese ese detalle. Ralna vino al amanecer a disculparse conmigo por lo del incidente de ayer, cosa sorprendente dado su usual… comportamiento”.
Adelbarae se cruzó de brazos, mirándome con incredulidad. “¿Ralna disculpándose? Debió hacerle afectado la bofetada de mi madre tanto que creyó que una disculpa arreglaría las cosas”.
“Ignoro qué la haya motivado, pero por una vez no se comportó muy desagradable conmigo”.
Apartándome de él, empaqué los dos últimos vestidos en la valija. No pude evitar sentir la mirada de Adelbarae posándose sobre mí; esperé un momento a que él dijera algo mientras cerraba la valija, pero lo único que recibí fue silencio. Volviéndome entonces hacia él, le dije: “Estoy lista para el viaje”.
“¿Solo eso vas a llevar? Ralna está llevando baúles enteros”
“Si vamos a estar en una selva, es mejor no llevar tanta carga. Es lo más aconsejable dado que no sabemos qué se le espera a una mujer en esos ambientes”.
Adelbarae bufó. “Si tú lo dices”, me respondió con sarcasmo mientras me daba la espalda, listo para irse. Sin embargo, como si hubiera olvidado algo, me miró de reojo y añadió: “A propósito, quiero comunicarte que ha habido un cambio de planes”.
“¿En qué sentido?”
Adelbarae se volteó y me dijo que mi tienda estaría junto a la de Ralna. Su padre pensó que sería una buena oportunidad para que ambas pudiéramos congeniar en algún punto, pues deseaba que me sintiera más “integrada a la familia”. Lo miré con tranquila indiferencia, aunque mi mente estaba empezando a trabajar de forma rápida mientras le preguntaba si Ralna estaba de acuerdo con aquellos cambios, pues sabía a ciencia cierta que mi cuñada era de esas personas con un ego demasiado inflado y frágil; quizás el conocimiento de que iba a compartir un mismo espacio con alguien a quien consideraba inferior en todos los aspectos sería demasiado irrisorio y humillante.
Al enterarme de que Ralna sería informada en el almuerzo, le dije: “Si eso es lo que tu padre quiere, ¿quién soy yo para contradecirlo? Aunque, si me permites ser honesta, dudo mucho que Ralna reciba a bien la sugerencia de tu padre; se va a quejar durante todo el viaje sobre ese detalle. Bueno, se quejará con ustedes, porque recién me informaron que viajaré en una nave aparte junto con las demás esposas esclavas, así que no tendré la… fortuna de tolerar sus quejas”.
Adelbarae rio entre dientes. “Esto será divertido de ver, esposa. Nos vemos mañana al amanecer. Y no te preocupes, mi familia y yo nos aseguraremos de que nada te pase”.
“Permíteme dudarlo, Adelbarae. A como me trata tu familia, es más probable que me dejen atrás a que me protejan de bestias peligrosas”.
Mi esposo se sintió incómodo ante mis palabras llenas de sarcasmo e ironía mientras que yo le daba la espalda y me dirigía hacia la ventana para contemplar por última vez el horizonte saturnino.
