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Imagen editada con Canva. Fuente de la imagen: Pexels
Ignoro cuántos días o semanas han pasado desde que me abandonaron en esta luna. He hecho mi mejor esfuerzo por no pensar en la sensación de desesperación que estaba empezando a nacer en mi interior, fruto de la aplastante soledad en la que me encontraba.
La exploración me ayudó a distraer mi mente, a no pensar en ello todo el día. Todos los días aprovechaba aprender algo nuevo, a observar qué planta es venenosa, qué planta es comestible, qué árbol es seguro para pasar la noche y qué animales debía evitar en el camino. Los ríos eran mi recurso de agua; bebía todos los sorbos que podía hasta saciar mi sed y me bañaba para quitar toda suciedad de mi cuerpo.
En el camino me encontraba con animales de todo tipo, algunos con un sorprendente parecido a los de la Tierra, aunque en tamaños más imponentes y con ciertas deformidades, desde conejos con cuernos de venado hasta tigres de largos dientes. Durante la noche, muy de vez en cuando, veía a búhos gigantes sobrevolar las copas de los árboles y al mítico Bóob caminar tranquilamente por los senderos. Era tal y como los mitos de la Tierra señalaban: un oso con una estrella en la frente y sus intestinos al descubierto, emitiendo una peste infernal que podría hacer desmayar a cualquiera.
Cuando llovía, podía observar desde mi refugio en las cuevas a serpientes de amplia longitud surcando por los aires, desplegando sus alas con una majestad que parecía salir de un sueño. De sus cabezas colgaban unos largos cabellos que parecían crines. Ignoro cómo se les conoce a estas criaturas, pero en Yucatán se narraban historias sobre ellas. O más bien de ella, porque la Tsukán era un ser que estaba desde el principio de los tiempos; los campesinos decían que al término de la temporada de lluvias, la Tsukán volaba hacia el mar, en donde se sumergía.
Fue en ese momento que en mi mente empezaron a surgir varias ideas. Si las serpientes volaban hacia algún lado, tendría que ser al mar. Si no era el mar, eran las cuevas y las montañas.
Me senté a los pies de un baobab a descansar. El sol se encontraba en su cúspide. El calor era tolerable; los pájaros emitían sonidos encantadores.
Cerrando los ojos, evoqué por un momento los recuerdos felices de mi familia y mis amigos. Los días de la niñez, la adolescencia, la universidad. Me acordé de las ilusiones del amor, de los libros que leía en la biblioteca durante las clases de verano, de los días en los que la pandemia nos obligaba a permanecer en casa.
Me preguntaba cómo se encontrará mi familia en este momento; espero que estén bien, que no estén pasando por dificultades a causa de mi desaparición, y sobre todo que no hayan perdido la esperanza de encontrarme.

Caía la noche cuando me topé con un tronco de casi un metro de alto en medio del camino. Como estaba cansada, decidí que el tronco podría servirme como un lecho momentáneo.
Fui a buscar palos cerca de ahí; con unas piedras encendí una fogata y acomodé mi espalda contra el tronco. Contemplando las estrellas, empecé a tararear “Non ti scordar di me”, una vieja canción italiana que escuchaba en uno de los numerosos discos de música clásica que mi abuelo tenía en su habitación. Si no recuerdo mal, quien la cantó en ese disco fue Luciano Pavarotti, uno de los tenores favoritos de mi abuelo. Me parecía una canción llena de sentimiento y de súplica, como si la voz cantora le rogara a su amado que nunca le olvide.
A mi mente me llegó una curiosa pregunta: ¿qué habrán dicho Adelbarae y su familia al no verme más? O más bien, ¿qué harán ahora que se dieron cuenta de que el heredero de la casa Borg no pudo engendrar hijos conmigo? De seguro me culparán a mí por defectuosa, o culparán al médico imperial por incompetente al asegurarles que era fértil. O quizás el escándalo del hijo de D’leh les estallaría en la cara gracias a alguna estratagema de Ecclesía.
Ahora, si Adelbarae quería casarse de nuevo, tendría que esperar los dos años reglamentarios que señalaban las costumbres de las familias militares saturninas. Y si quería casarse con la hija de alguna familia militar, tendría que cortar toda relación con Ecclesía para evitar problemas y fricciones. Dudo mucho que Adelbarae esté dispuesto a semejante sacrificio; su pasión y su obsesión por Ecclesía eran más fuertes que cualquier sentido moral del deber hacia su familia.
Pero eso ya no era asunto mío. Yo ya me salí de ese círculo y no pienso volver. Mi objetivo ahora es sobrevivir y encontrar el modo de llegar al Convento de Las Nornas. Regresar a casa, a la familia, a los amigos. Olvidarme de toda esta experiencia, o quizás recordarla como un mal sueño.
Levantándome, me estiré un poco. Me trepé en el tronco y me acomodé. Cerré los ojos, dejándome llevar por el silencio y los sonidos nocturnos. A lo lejos se escuchaba el sonido de la lluvia; quizás el agua estaba cayendo en alguna parte, alimentando a las plantas.
De forma repentina sentí que algo se movía con lentitud. Al principio creí que era mi imaginación, pero cuando sentí el viento golpear mi cara, me levanté de forma abrupta. Una especie de humo me envolvía… O más bien las nubes, porque cuando pretendía bajarme, vi que no había suelo debajo de mí.
Un rugido hizo que mi corazón se encogiera. Volví mi mirada.
Unas alas blancas moviéndose. Una suerte de cabellera colgando a lo largo de una parte del cuerpo. El supuesto tronco serpenteando, dirigiéndose hacia una tormenta eléctrica.
“Ay, carajo…”, musité mientras me aferraba con todas mis fuerzas para evitar caerme.
¡Podría jurar, Dios mío, que era un árbol! Es decir, se sentía dura, como madera; no tenía escamas ni siquiera. ¿Cómo rayos me iba a dar cuenta de que me había topado con la mítica Tsukán?
Me sujeté con todas mis fuerzas. No quise mirar abajo. Recé con toda el alma por que esta criatura llegue a alguna fuente de agua antes de que nos alcance un rayo o de que caiga en un movimiento brusco.
Sin embargo, la curiosidad pudo más que el miedo. Miré el camino que tomaba la serpiente. Atravesamos las nubes tormentosas, cargadas de rayos y agua. Arriba, abajo, derecha, izquierda, en zig zag, dando vueltas y vueltas. Pasamos por encima de los árboles y de pequeños poblados. Pronto divisé el cambio de paisaje. Del verdor de la selva surgía un color más azulado, levantando olas y espuma.
Era el mar.
Lo que pasó después podría calificarlo de épico: la serpiente se alzó hacia los cielos por un momento antes de atravesar el agua. Aguanté la respiración y rogué a Dios que me permitiera sobrevivir, porque no sabía si el agua de Titán era dulce, salada o ácida.
