Hola amigos, el día de hoy les traigo una historia enmarcada en la ficción, pero basada en una historia verídica, he realizado algunos ajustes y cambiado el nombre de los involucrados, a fin de proteger su identidad.
Cuando escribí esta historia revoloteaba en mi interior una madeja de emociones encontradas, cuestionaba a la justicia divina de ¿por qué tanta desigualdad en el mundo, por qué está tan mal distribuida la riqueza y el bienestar en nuestro planeta, por qué a los pobres les toca tan duro el paso de su existencia acá en la tierra?.
¿Será acaso que los que ahora gozan de la bonanza del mundo ya pagaron su cuota de dolor, y los que hoy sufren, tienen que saldar la factura que el destino les ha trazado?. Lo cierto es, que mi historia parte de esa nota de pedido, en la que mi personaje principal le toca amortizar su deuda con dolor y sufrimiento sin ninguna recompensa; o quizás se nutra de su infortunio para transformarse. Los invito a que sean ustedes los constructores de esta historia y háganmelo saber en los comentarios.
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Bordea el año 1984 principios del mes de febrero en plena celebración de los Carnavales turísticos de Río , en una de las favelas más pobres que pulula en el sur de Río de Janeiro, un asentamiento humano poblado por personas que subsisten en precarias condiciones de vida, donde atravesar vivo al umbral de la noche, es un juego de azar; es agradecer a la suerte de la ruleta rusa, que no fuimos los escogidos para morir ese día, cuando disparó el único proyectil cargado en la pistola.
Constanza, como su nombre, es la personificación de la constancia hecha mujer, honrando la vida a expensas de su propia muerte. vive en Pavãozinho una madriguera humana en la que predomina un alto nivel de peligrosidad, donde la muerte ronda en su nariz haciendo que la olfatee a pocos pasos, y le susurra al oído que la siga con su hipnótica sibilancia.
Constanza vivía el fulgor de su primorosa juventud, era una adolescente muy agraciada el color del ébano bañaba su piel lustrosa como el bronce, que hacía juego con su blonda cabellera color azabache, contrastando con un mirada verde esmeralda; una mirada que parecía no pertenecer a este mundo. Para ese época, la joven vivía con su abuela materna, quien adquirió la custodia de la niña cuando murió su madre, a causa de una enfermedad terminal.
En la pequeña vivienda reinaba un ambiente lúgubre y desaseado,la miseria rondaba por cada rincón; era compartida con dos hijos de la abuela de Constanza, sus tíos, un par de granujas, amigos del vicio y del delito, capaces de valerse de mil artimañas con tal de aprovisionarse y complacer, los requerimientos de sus debilidades.
Fueron precisamente estos granujas los que conscientes o no, llevaron a a la bella muchacha a ser la presa fácil de un pervertido que le robó el esplendor de su candidez e inocencia, ultrajándola de la manera más vil y despiadada. La chica, con pérdida total de la conciencia, fue abandonada a su suerte, en una apartado callejón lejos del bullicio de los alegres carnavales de Río.
Despertó la chica luego de dos días de permanecer inconsciente, tras las terribles agresiones que recibió de parte del desconocido que la atacó. Una anciana que logró empatizar con su infortunio, le procuró los cuidados que la joven precisaba y le dio refugio en su casa, convirtiéndose en su morada por el resto de sus días.
Pasado un mes, Constanza se recupera de los golpes físicos, pero no de la herida moral, la que vuelve a sangrar al ser lastimada nuevamente por la noticia al saberse embarazada del verdugo que la atacó. Un peldaño más abajo la hizo descender al abismo donde pervivió sumida en el dolor y la amargura, con un hijo no deseado formándose dentro de ella, y al que deseaba expulsar de su vientre cuanto antes.
Doña Marta, su única compañera ahora, convertida en su maternal conciencia, la convenció de tener a su hijo, y se ofreció a criarlo como una segunda madre para el chiquillo, que al nacer lo llamarían Salvatore.
Constanza fue madurando la idea de aceptar a su hijo con las convincentes y amorosas palabras de Doña Marta, comprendiendo al fin, que la criatura no tenía la culpa de su suerte, permitiéndose romper el círculo del odio y transmutarlo en amor.
Fue criado con la simpleza de los que no tienen nada, pero abrigado con la manta del amor de madre por doble partida, formado con los valores, del respeto y la cultura del trabajo.
Constanza y Doña Marta, mantuvieron bajo perfil, la existencia de Salvatore, para cuidarlo de su padre y del desmedido vandalismo que efervesce en las salvajes caminerías de los barrios más pobres y peligrosos del Brasil.
Constanza hoy, es una mujer de edad madura que ha aprendido a vivir con el consuelo de la resiliencia, hizo del dolor un avatar para darse la oportunidad de redimir sus memorias de dolor; su blonda cabellera hoy degrada de negro a plata, el verdor de sus ojos centellea no con el brillo de los primeros años, pero sí con la grata compensación de haber hecho lo correcto, a pesar de su dolor. Su sonrisa, con unas piezas dentales menos, sigue siendo tan bella y franca como lo es su piel tan lustrosa y tersa como el ébano.
Fin del relato
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Contarles esta historia, me permitió liberar el establo de las bestias atrapadas en emociones corrompidas por odios y resentimientos, que atrapan a las personas y las enferman de dolor; que como Constanza, la vida no le fue tan noble, pero a pesar de ello, logró engrandecer su alma con la fuerza del amor incondicional. Ya pagó su cuota de dolor, esperemos que ahora le permitan pasar al lindero, de los más afortunados.
Gracias por venir y permitir compartirles mi historia, hasta una nueva oportunidad