Relatively close to the high point where the Arlanza, Burgos's most historic and popular river, originates, a medieval necropolis surprises intrepid travelers who leave behind the vast pine forests of Soria to venture into the heart of what was once the most inaccessible part of Old Castile.
The medieval necropolis of Revenga—there is another place in Segovia with the same name, characterized by a solitary Romanesque hermitage, whose surrounding land is well known for its fighting bulls—is a strange place that, as the poet Jorge Manrique did with his verses on the death of his father, invites not only speculation but also reflection.
Nothing remains of the people who hid here, on these very lands where millions of years before, dinosaurs roamed with the power of their untamed fangs, just as no trace would have remained of those generations of anonymous Castilians who hid from the wrath of Almanzor's armies, were it not for the presence of an ancestral matrix. This matrix, in most cases, served to gather the essence of our being, and in others—perhaps fewer—as a place of initiation into mysteries that transcend what Madame Blavatsky, founder of Theosophy, called the "Veil of Isis."
Relativamente cercana a ese lugar elevado donde nace el río más histórico y popular de Burgos, el Arlanza, una necrópolis medieval sorprende a los intrépidos viajeros que dejan atrás las extensas zonas pinariegas de Soria para adentrarse en las arterias de lo que antaño fuera el corazón más inaccesible de la Vieja Castilla.
La necrópolis medieval de Revenga -existe otro lugar en Segovia de igual nombre, que se caracteriza por la presencia de una solitaria ermita románica, cuyo terreno alrededor es bien conocido por el toro bravo- es un lugar extraño y que, como ha hiciera el poeta Jorge Manrique con las coplas a la muerte de su padre, invita no sólo a la especulación, sino también a la reflexión.
Nada queda del pueblo que se ocultaba aquí, en estos mismos terreros donde millones de años antes los dinosaurios se dejaban llevar por los fueros de sus indómitos colmillos, como tampoco hubiera quedado rastro alguno de estas generaciones de anónimos castellanos que se ocultaban de las iras de los ejércitos de Almanzor, si no hubiera sido por la presencia de una matriz ancestral, que en la mayoría de los casos servía para recoger la esencia del polvo de lo que somos y en otros, posiblemente los menos, como lugar de iniciación en unos misterios que van más allá de lo que Madame Blavatzsky, fundadora de la Teosofía denominaba como ‘el Velo de Isis’.
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