Esta semana me ha llenado de nostalgia.
Me ha hecho darme cuenta de cuánto he crecido como persona, y especialmente como educadora. Recibí, de parte de dos personas diferentes, videos y fotos de mis primeros años enseñando en Asia. Cuando apenas tenía veintitantos años, vivía sola por primera vez en Shanghái, China.
Era un sueño loco hecho realidad: vivir en uno de los países más desarrollados del mundo, en una ciudad tan moderna, tan avanzada, era —como mínimo— un logro. Pensar en todo lo que tuve que atravesar para llegar allí me emociona… y también me entristece.
Todos los retos, desafíos y adversidades que enfrenté ahora parecen juegos de niños, pero en su momento, vivirlos y superarlos fue como escalar una montaña sin ningún tipo de protección. Pero esta reflexión me hace apreciar todo lo que he avanzado, y dónde estoy hoy. Decir que emigrar a un país donde no hablas el idioma, no entiendes la cultura y donde las reglas migratorias son tan estrictas es un desafío… es quedarse corta. Tuve que hablar con todas las personas posibles, hacer lo que hoy se llama networking, no tener miedo de asistir a entrevistas, ser curiosa, preguntar de más, y sobre todo: no tener miedo. Recuerdo haber sentido terror de cometer errores —que, por supuesto, terminé cometiendo—, errores simples en situaciones tontas.
El miedo a equivocarme era constante. Temía que me despidieran porque los estudiantes no me entendieran, porque no les agradara a los padres, o porque mis compañeros de trabajo se burlaran de mí o simplemente no me aceptaran.
Pero entre tantas dudas, miedos y desafíos, encontré estudiantes —y padres— que sí me entendieron.A quienes les gustó mi estilo. Que vieron mi talento, mis conocimientos. A quienes no les importó el “qué dirán”. Sabían que lo que yo les enseñaba era valioso, verdadero, y que les sería útil. Lo comprobaron al aprobar sus exámenes, al entender películas, al conversar con otros extranjeros.
Y así pasaron los años. Llegó y se fue una pandemia. Y yo seguí en mi camino, sin desviarme, seguí enseñando. Mis estudiantes crecieron y continuaron aprendiendo conmigo. La voz se corrió. Me di a conocer. Mis estudiantes han llegado más por recomendaciones que por publicaciones o promociones.
Hoy, mi confianza es más grande. Los desafíos ahora son tecnológicos, no personales. Y pienso que, en cinco años, recibiré fotos y videos tomados hoy… y volveré a impresionarme con todo lo que he logrado.
Y con lo lejos que aún puedo llegar.