Buenos días, lindo sábado para todos, hermosa comunidad
Toda la vida me he declarado amante sin medida de los perros, sin importar raza o tamaño. Muchas son las historias que podría ahora mismo contarles, pues desde pequeña siempre he tenido perritos en casa, pero perdí prácticamente todas las fotos de una etapa de mi vida y por tanto, solo me quedan fotos de mi última mascota.
Cuando mi esposo llegó a casa con Nala, luego de que mi hijo y yo lo convenciéramos de hacerlo, la entregó en nuestros brazos acotando:
—La responsabilidad de cuidarla es de ustedes. Yo no quería perros.
(Ingenuo de él, que pensó que podría resistirse a aquellos ojos tiernos y la naricita suave).
Resultó que Nala, nuestra nueva mascota, con intuición femenina puso “patas” a la obra para conquistar su corazón. De la manera más divertida y constante, comenzó a acosarlo, sin importar donde se escondiera. Parecía que, sin importar todos los mimos y caricias que le ofrecíamos mi hijo y yo, ella había elegido a mi esposo como su persona favorita.
La rapidez y la facilidad con que ella logró enamorarlo es asombrosa, pues a solo tres días de su llegada, ya estaba acurrucándose a su lado, mordiéndolo, jugando y el hombre que en un principio sentenció “Yo no quería perros”, ahora parecía un niño pequeño, feliz y protector.
Desde entonces, el lugar favorito de Nala para descansar, fue al lado de él. Y como ya era suficientemente grande para subir solita a la cama y a los muebles, no pedía permiso ni ayuda.
Ni siquiera cuando ya era tan grande que mi esposo apenas podía sostenerla, dejó ella de exigir su lugar entre sus brazos. Porque en su mente de cachorra buena, no ha dejado de ser pequeña.
El amor puro que recibimos de los perritos, es sencillamente un bálsamo que nos obliga, sí o sí, a sonreir.
Gracias a por inspirarnos en esta linda iniciativa.