A veces uno cree que ya está acostumbrado a no esperar demasiado de las personas. Que después de ciertas experiencias, lo mejor es mantener el corazón un poco a distancia, solo por seguridad.
Pero la vida tiene una forma extraña de romper esas ideas sin pedir permiso.
Su nombre es Karlos.
Juega voleibol, y tiene esa energía tranquila de alguien que vive entre disciplina, movimiento y calma. Yo, en cambio, soy estudiante, gamer, alguien que vive entre libros, ideas, ciencia, física y pensamientos que a veces parecen ir más rápido que la realidad.
Y aun así… coincidimos.
La primera salida fue a un museo.
El lugar estaba lleno de silencio elegante, de pasos suaves y miradas curiosas. Las obras parecían hablar en otro idioma, pero de alguna forma, entre explicación y explicación, entre risas pequeñas y comentarios simples, todo se sentía fácil con él.
No había prisa. Solo ese tipo de calma que aparece cuando dos personas empiezan a descubrirse sin darse cuenta.
Nos detuvimos frente a una sala donde la luz entraba suavemente por las ventanas altas. Ahí la conversación se volvió más cercana, más ligera. Ya no hablábamos solo de arte, sino de nosotros, de gustos, de mundos distintos que, sin embargo, no chocaban… encajaban.
Después del museo, caminamos sin rumbo fijo hasta una heladería cercana.
El aire era distinto, más libre. Pedimos helado como si fuera algo simple, pero el momento no lo era tanto. Entre cucharadas y sonrisas, todo parecía más natural de lo esperado. Como si ya nos conociéramos de antes, aunque no fuera cierto.
Hablamos de cosas pequeñas: voleibol, videojuegos, estudios, sueños. Y en cada tema había una especie de puente invisible que hacía que las diferencias no importaran tanto.
El tiempo pasó sin aviso.
Cuando el día empezó a caer, llegó ese momento que siempre cuesta un poco más: la despedida.
Caminamos despacio, sin prisa por irnos. Ninguno parecía querer romper el momento de golpe. Frente al lugar donde nos separamos, hubo un silencio corto, de esos que dicen más de lo que parecen.
Karlos sonrió, con esa calma que se queda un poco en la memoria.
—“Nos vemos pronto” —dijo.
Y entonces ocurrió.
Un gesto simple, breve, pero suficiente para quedarse grabado: un beso suave de despedida, como una promesa sin palabras.
Después, solo quedó el adiós.
Pero no uno definitivo… sino uno que se siente más como un “hasta la próxima”.
Porque ambos sabíamos, sin decirlo, que algo de ese día no había terminado ahí.
La cita fue tan genial que no nos tomamos fotos…
y quizá eso la hizo aún más especial.
Porque, al final, ¿no es cierto que los mejores momentos no siempre necesitan imágenes para existir?
Gracias a que me está apoyando y a la comunidad que el apoya BBH gracias a todos por leer 😻😻😻