Hay mañanas en que abro los ojos y ya me siento cansada. No por el sueño, sino por la lista invisible de cosas que debo sostener antes de que el día empiece. Ser madre en mis treinta es una mezcla extraña de gratitud y vértigo. A veces me siento afortunada, otras simplemente agotada. Me observo buscando equilibrio entre mis pensamientos intensos, mi deseo de mejorar y la realidad económica que me empuja a sobrevivir. En esta Venezuela donde el optimismo parece un lujo, mantener la fe en uno mismo se convierte en una tarea diaria.
Recorro las calles con la mente en dos lugares a la vez. En la compra del día y en la frase que escribiré cuando mi hijo duerma. Trabajo, improviso, hago cuentas mentales y me invento razones para seguir creyendo que lo que hago tiene sentido. Me aferro a la rutina, aunque sepa que no me pertenece del todo. Hay algo profundamente solitario en intentar mantener la calma en un país que no te la ofrece. Ser mujer aquí implica adaptarse a la escasez sin perder la ternura, sostener los miedos sin que se noten, seguir sonriendo cuando la vida parece burlarse de tu esfuerzo.
De niña pensaba que a los treinta todo estaría resuelto. Que la adultez traía respuestas, estabilidad, certezas. Hoy sé que solo trae más preguntas y un cansancio distinto, más emocional que físico. Me comparo menos, pero aún me duele la idea de no alcanzar lo que esperaba. A veces la culpa se disfraza de productividad y me convence de que descansar es fallar. Entonces escribo, porque es mi manera de hacer catarsis, de darle nombre a lo que no sé explicar. Escribir se volvió una forma de respiración, una tregua breve entre mis pensamientos y el mundo.
He aprendido a no buscar heroísmo en el sacrificio. La fortaleza, me he dado cuenta, no siempre tiene que ver con resistir, sino con reconocer el cansancio sin vergüenza. En mis noches más duras, cuando las cuentas no cierran y la ansiedad se sienta conmigo a cenar, recuerdo que sigo aquí. Tal vez eso ya sea un triunfo. La maternidad me ha enseñado que la perfección no existe, y que la verdadera victoria es mantener la humanidad intacta, incluso cuando el entorno te obliga a endurecerte.
Quizás escribir estas confesiones no cambie nada afuera, pero me cambia a mí. Me permite mirar el caos con menos rabia y más comprensión. Vivir en esta Venezuela es aprender a no rendirse del todo, incluso cuando el futuro parece una broma cruel. Y sin embargo, hay momentos de belleza: la risa de mi hijo, un atardecer inesperado, una conversación que me devuelve algo de fe. Tal vez eso sea suficiente por ahora. Tal vez estas pequeñas resistencias cotidianas sean mi manera de seguir siendo, de recordarme que aún queda vida por narrar, aunque duela.