Hace unos años, después de perder a mi papá, sentí que todo se apagaba. No solo él se había ido: también se fue una parte de mí que creía invencible. Su voz, sus consejos, su forma de mirar la vida con humor incluso en los momentos más duros… todo eso quedó suspendido en el aire, como cenizas que no sabía cómo recoger.
Pero un día, sin pensarlo demasiado, escribí sobre él. No fue un homenaje perfecto, ni una historia épica. Fue una carta sencilla, con recuerdos cotidianos: cómo preparaba café, cómo arreglaba cosas con paciencia, cómo me enseñó que la dignidad no se negocia. Ese post, publicado en Hive, fue el primer vuelo del fénix.
Porque escribir no solo me ayudó a sanar. También me conectó con otros que habían perdido, que estaban reconstruyéndose, que entendían que el dolor no se supera, se transforma. Y ahí lo entendí: el fuego no nos destruye si aprendemos a renacer.
En Venezuela, ese renacer es casi una rutina. Cada día, alguien reinventa su oficio, su fe, su manera de resistir. El que convierte su patio en huerto, la abuela que vende dulces caseros, el joven que aprende diseño gráfico desde cero. Todos, sin saberlo, son fénix cotidianos.
Y en medio de todo eso, aparecen los alientos. No siempre vienen en forma de grandes gestos. A veces es un mensaje inesperado, una palabra que reconforta, un abrazo silencioso, un comentario en Hive que te dice “gracias por compartir esto”. Esos alientos son como aire para las alas del fénix. No te levantan por completo, pero te recuerdan que puedes volar.
No hace falta esperar grandes momentos. A veces el renacer está en cosas pequeñas: volver a reír, volver a confiar, volver a escribir. Como cuando decidí contar mi historia, no para buscar lástima, sino para compartir luz.
Hoy, sigo escribiendo. No porque el dolor se haya ido, sino porque aprendí a volar con él. Como el ave fénix, que no teme al fuego, porque sabe que su esencia está en lo que viene después.
Si tú también estás en ese proceso, si sientes que todo se ha quemado, recuerda: las cenizas no son el final. Son el terreno fértil donde puede nacer algo nuevo. Y tú, como yo, como tantos, puedes volver a volar. Solo necesitas un aliento…