Lully era una niña tremenda, vivaz, pero, sobre todo, era observadora.
Estaban por comenzar el año escolar y a su salón llegó alguien a quien no habían visto nunca, un niño que no había estudiado con su grupo en años anteriores y que además tenía un aspecto algo raro, ese niño era Andrés.
Lully, como era muy amistosa, le gustaba saludar a todos sus compañeros con un abrazo y esta ocasión no fue la excepción; como no era un salón muy numeroso, pronto llegó el turno de Andrés. Lully hizo varios intentos para abrazarlo pero todos fueron fallidos y ese día no logró abrazarlo; sin embargo, no se dio por vencida y desde la distancia, comenzó a observar su comportamiento.
Rápidamente notó que Andrés era muy cuidadoso con su material de trabajo, que no le gustaba el desorden y que se llevaba las manos a los oídos cada vez que alguien subía la voz. Los días pasaban y aunque solía acercarse, ella sentía en Andrés una incomodidad que la hacía alejarse. Un día, en el recreo, lo vio comiendo solo y sin decir ni una sola palabra, fue, se sentó a su lado y luego de comer, se quedó hasta que él terminó su comida. Otro día, cuando vio que se le hacía difícil recortar una figura, extendió su mano hacia él y le dijo: permíteme ayudarte y él accedió. Poco después, vio que las trenzas de sus zapatos estaban desatadas y corrió a atárselas.
Los días pasaban y aunque Andrés hablaba poco, Lully siempre estaba a su lado y le ayudaba en lo que él necesitaba, hasta que, un bonito día, mientras ella hacía sus actividades, Andrés se acercó y suavemente tomó su cabello y lo olió en repetidas ocasiones. Ella, se dio cuenta, se quedó muy quieta y le preguntó: ¿Te gusta el olor de mi cabello? y él le contestó: Creo que sí. Ella sonrió y él, solo volteó la mirada que hasta ese momento se mantenía fija en su cabello y siguió hasta su puesto.
Con la ayuda de Lully, muy pronto Andrés comenzó a interactuar con ella de una manera más fluida y de esa forma se convirtieron en amigos inseparables.
Moraleja: Todo tiene su tiempo bajo el Sol. Cada proceso es distinto y no podemos intentar apurarlo, desacelerarlo o forzarlo, porque el resultado podría no ser el mejor. Nuestra herramienta especial siempre será la paciencia