VERSIÓN EN ESPAÑOL
El cubano no es fácil. El cubano se le escapó al diablo. El cubano se las sabe todas.
Esas son frases que oímos y decimos frecuentemente entre nosotros. Frases que muchas veces son de resiliencia (palabra que está muy de moda y que no me gusta usar) o que tratan de definirnos como "tipos" a prueba de cualquier situación o contingencia, por dura que sea. En fin, una especie de "especie" que nos diferencia del resto del mundo cognitivo.
También es muy frecuente decir: el cubano se ríe de todo, hasta de sus propios males, cosa que es bastante cierta y que nos permite amortiguar un poco los efectos negativos de las circunstancias adversas.
Ahora mismo estamos pasando por lo que quizás es la peor de las crisis de todo tipo en más de seis décadas. La estamos sintiendo en el día a día. Ok, ok. Tienen razón, también en la noche a noche.
Pero no se preocupen, no me equivoqué de comunidad. Sé que esta no es "c/catarsis" y no voy a vacunarme en quejas y lamentos estériles.
Hace unos cuantos días, en uno de esos días que hay que amortiguar, mientras regresaba desde la capital pinareña a mi terruño en un híbrido de carro-guagua, por cierto bastante pasadito de pasaje y, por ende, bastante apretaditos, comenzaron a aparecer las consabidas molestias mezcladas con algunas jococidades.
En estos días, además del asunto del transporte, el más recurrente es el tema de los apagones, un azote de déficit energético tipo pandemia que tiene a las personas a punto de la catarsis, sobre todo porque la electricidad es para los cubanos la primera alternativa para los asuntos culinarios, esencialmente para la cocción de los alimentos. Esta cuestión tiene muy estresadas, sobre todo a las mujeres, que a su vez estresan a los varones porque no siempre les pueden garantizar lo mínimo para elaborar los productos, también estresadamente conseguidos.
El nivel imaginativo del cubano se dispara rápidamente. Nada más que alguien: "este carro es una fosforera". Allá salió otro y dijo: "a mí el cuento de los indios cubanos que Colón descubrió no me convence mucho, sobre todo aquello de la candelita con los tres palitos, dos amarrados abajo y uno arriba con una punta, y que era frotada hasta extraer candela".
Comentario intermedio: intervino una mujer salpicona (cubana al fin) y dijo: "me cuadra eso del indio y los tres palitos". Porque si yo, con la fosforera —continuó argumentando el primero— papel, nylon, y cuanto aparece o no aparece, paso la de Caín para encender el carbón o la leña, dime tú el del taparrabos dándole vueltas a un palito.
No, y entonces el cuento del indio metido en el agua con media güira en la cabeza cazando patos !. Bueno, serían patos bobos.
Además, metido en el agua hasta la nariz y con media güira en la cabeza, hasta que el pato, por su propia voluntad y su paciencia, decidiera subirse al antecedente más directo de los cascos del ejército de la República y sincronizar la velocidad del brazo con la mano acompañante para atraparlo. No debió ser tarea tan fácil.
Si erraba en el primer intento, con ese pato no se empataba nunca más, acotó otro. Yo creo que esos indios comían pocos patos, concluyó.
Así, sin acotar quién habla primero y quién después, se sumaban otros a la jocosidad, mientras de vez en cuando el transporte frenaba o aceleraba, como diciendo: "señores, acomódense que caben más".
Mira tú, en un día de frío como hoy, la tribu se queda sin comer patos, porque yo, indio, en el agua no me mete nadie, dijo otro.
Bueno, y hablando de fosforera, ¿y el cuento de la chispa con las dos piedras? ¡Ahí sí apretaron!
Otro que se sumó a la conversación señaló hacia mí y dijo: "Mira, Santa Fe, tú que estás en el mundo de la cultura, ¿no podrías hablar con el historiador de la localidad para que haga una investigación sobre qué tipo de palos y piedras usaban los aborígenes para ese cuento de hacer fuego? Porque con los palos y piedras que tenemos ahora, yo creo que no funciona.
Además, si eso funciona, ni cuentes ni sueñes con esas piedras y palos, porque seguro aparece alguna mipyme o algún TCP y arman el negocio.
Así, entre el frena y sigue del vehículo, acomódate y échate para allá que cabe otro del conductor, y que se cree este chofer que somos animales con cada bache. Seguimos como cubanos, haciendo como el antiguo teatro griego, pasando de las situaciones de tragedia a drama y de drama a comedia.
Pero también, jocosidad aparte, me quedé dándole vueltas a la cuestión de los palos y las piedras, las patas arriba de las guiras, y otras cuestiones que en paquetes de historias nos regalaron en la infancia escolar, como aquello de que los hombres nacimos del mono y los monos actuales no evolucionan hasta hombres. Y me dije que sí, que estas cosas dan para estar serios, pero también para divertirnos un poco, porque el cubano es así, de todo tiene materia prima para hacer catarsis y para divertirse, como este día apretados e incómodos en un recorrido de regreso a casa. Gracias por acompañarme.
Todos o s derechos reservados ©
ENGLISH VERSION
El cubano no es fácil. El cubano se le escapó al diablo. El cubano se las sabe todas.
Esas son frases que oímos y decimos frecuentemente entre nosotros. Frases que muchas veces son de resiliencia (palabra que está muy de moda y que no me gusta usar) o que tratan de definirnos como "tipos" a prueba de cualquier situación o contingencia, por dura que sea. En fin, una especie de "especie" que nos diferencia del resto del mundo cognitivo.
También es muy frecuente decir: el cubano se ríe de todo, hasta de sus propios males, cosa que es bastante cierta y que nos permite amortiguar un poco los efectos negativos de las circunstancias adversas.
Ahora mismo estamos pasando por lo que quizás es la peor de las crisis de todo tipo en más de seis décadas. La estamos sintiendo en el día a día. Vale, vale. Tienen razón, también en la noche a noche.
Pero no se preocupen, no me equivoqué de comunidad. Sé que esta no es "c/catarsis" y no voy a vacunarme en quejas y lamentos estériles.
Hace unos cuantos días, en uno de esos días que hay que amortiguar, mientras regresaba desde la capital pinareña a mi terruño en un híbrido de carro-guagua, por cierto bastante pasadito de pasaje y, por ende, bastante apretaditos, comenzaron a aparecer las consabidas molestias mezcladas con algunas jococidades.
En estos días, además del asunto del transporte, el más recurrente es el tema de los apagones, un azote de déficit energético tipo pandemia que tiene a las personas a punto de la catarsis, sobre todo porque la electricidad es para los cubanos la primera alternativa para los asuntos culinarios, esencialmente para la cocción de los alimentos. Esta cuestión tiene muy estresadas, sobre todo a las mujeres, que a su vez estresan a los varones porque no siempre les pueden garantizar lo mínimo para elaborar los productos, también estresadamente conseguidos.
El nivel imaginativo del cubano se dispara rápidamente. Nada más que alguien: "este carro es una fosforera". Allá salió otro y dijo: "a mí el cuento de los indios cubanos que Colón descubrió no me convence mucho, sobre todo aquello de la candelita con los tres palitos, dos amarrados abajo y uno arriba con una punta, y que era frotada hasta extraer candela".
Comentario intermedio: intervino una mujer salpicona (cubana al fin) y dijo: "me cuadra eso del indio y los tres palitos". Porque si yo, con la fosforera —continuó argumentando el primero— papel, nylon, y cuanto aparece o no aparece, paso la de Caín para encender el carbón o la leña, diez tú el del taparrabos dando vueltas a un palito.
No, y entonces el cuento del indio metido en el agua con media güira en la cabeza cazando patos. Bueno, serían patos bobos.
Además, metido en el agua hasta la nariz y con media güira en la cabeza, hasta que el pato, por su propia voluntad y su paciencia, decidiera subirse al antecedente más directo de los cascos del ejército de la República y sincronizar la velocidad del brazo con la mano acompañante para atraparlo. No debía ser tarea tan fácil.
Si erraba en el primer intento, con ese pato no se empataba nunca más, acotó otro. Yo creo que esos indios comían pocos patos, conclusiones.
Así, sin acotar quién habla primero y quién después, se sumaban otros a la jocosidad, mientras de vez en cuando el transporte frenaba o aceleraba, como diciendo: "señores, acomódense que caben más".
Mira tú, en un día de frío como hoy, la tribu se queda sin comer patos, porque yo, indio, en el agua no me mete nadie, dijo otro.
Bueno, y hablando de fosforera, ¿y el cuento de la chispa con las dos piedras? ¡Ahí sí apretaron!
Otro que se sumó a la conversación señalada hacia mí y dijo: "Mira, Santa Fe, tú que estás en el mundo de la cultura, ¿no podrías hablar con el historiador de la localidad para que haga una investigación sobre qué tipo de palos y piedras usaban los aborígenes para ese cuento de hacer fuego? Porque con los palos y piedras que tenemos ahora, yo creo que no funciona.
Además, si eso funciona, ni cuentes ni sueñes con esas piedras y palos, porque seguro aparece alguna mipyme o algún TCP y arman el negocio.
Así, entre el freno y sigue del vehículo, acomódate y échate para allá que cabe otro del conductor, y que se cree este chofer que somos animales con cada bache, haciendo como el antiguo teatro griego, pasando de las situaciones de tragedia a drama y de drama a comedia.
Pero también, jocosidad aparte, me quedé dando. vueltas a la cuestión de los palos y las piedras, las patas arriba de las guiras, y otras cuestiones que en paquetes de historias nos regalaron en la infancia escolar, como aquello de que los hombres nacimos del mono y los monos actuales no evolucionan hasta hombres. casa Gracias por acompañarme.
Todos los derechos reservados ©