Hace ya unos cuantos años, un amigo me recomendó ver "Hombre mirando al Sudeste", un film argentino de drama psicológico sobre un personaje de conducta muy rara que apareció enigmáticamente en un centro para internos con problemas mentales, y el mismo pidió ser internado.
De ese film me acordé días atrás cuando, paseando y tomando fotos por el malecón de la avenida del Puerto, vi a un hombre, podemos decir de mediana edad, mirando hacia el Nordeste, observando algo en la bahía a esa hora mansa y tranquila, que reflejaba blandas imágenes de los botes en las verdosas aguas.
Yo, desde la acera opuesta de la Avenida, lo observaba allí parado, casi inmóvil, con camisa de manga larga y un sombrero de alas anchas. A primera impresión, pensé que era un pescador de orilla, de esos que abundan en esa zona, sobre todo a esa hora de la mañana, picando cerca del mediodía, cuando la pesca suele ser más abundante y segura.
Su inmovilidad me admiró, y desde lejos me dediqué a hacerle algunas fotos a discreción. Así fui avanzando con cautela, y aunque la cámara del celular hacía su pequeño ruido, él permanecía absorto en su observación. Los vehículos pasaban aceleradamente por la doble vía de la amplia avenida del Puerto habanero, con su diversidad de ruidos, y el hombre, inmutable, miraba al Nordeste, con la acuática vía litafda al fondo por la amurallada fortaleza de ,San Csrlos de la cabaña.
Enbarjando (como decimos los cubanos), casi pegado a su cuerpo, le hice un par de fotografías más, y casi terminando, se dio vuelta con mucha dulzura y resolución. Me dijo: "El Señor lo es todo; benditos los que vienen a Él, porque salvos serán. En la sangre de Jesús..." Y toda una plegaria o arenga religiosa, no sé determinar, pues no soy practicante y entiendo poco de esas cosas.
Entonces, en un segundo, entendí todo. Aquel hombre había estado todo aquel tiempo mirando y observando al Cristo de la Bahía. Una escultura gigantesca ubicada allá, al final de la emblemática fortaleza, la más grande construida por los españoles en las posesiones de ultramar. La blanca imagen del Redentor, con las manos entrelazadas a la altura del pecho en actitud serena y contemplativa, protegiendo la bahía y más allá a la ciudad, se yergue majestuosa en el poblado de Casa Blanca, cerca del Instituto Nacional de Meteorología, y es perceptible desde diferentes puntos del litoral de la Avenida.
Amén de la ráfaga de engarces de fraseologías religiosas con que me sorprendió aquel hombre, me sentí un poco incómodo por casi romper aquel diálogo mudo con su divinidad esculpida por manos humanas allá en la otra orilla de la rada habanera.
También sentí admiración al recordar la imagen inmóvil del ser humano del lado de acá contemplando la imagen petrificada del humano del lado de allá. Pero quizás me hubiese gustado que este hombre se retirara en silencio, lleno de su fe y de su experiencia, sin que pudieran romper ni la velocidad ni el ruido de los autos.
Yo también hago lo mismo, pero cerrando los ojos y entrando en el templo sagrado de mi cuerpo. Y allí, en el altar de mi mente, entro a dialogar con mi divinidad.
Gracias por acompañarme.
Fotos tomadas con mi teléfono celular.
English versión
A few years ago, a friend recommended that I watch "Man Looking at the Southeast", an Argentine psychological drama film about a character with very strange behavior who appeared enigmatically in a center for inmates with mental problems, and on Tuesday asked to be admitted.
I remembered that film days ago when, walking and taking photos along the pier of Puerto Avenue, I saw a man, we could say middle-aged, looking towards the Northeast, observing something in the bay at that gentle hour. and calm, which reflected soft images of the boats in the greenish waters.
I, from the opposite sidewalk of the Avenue, observed him standing there, almost motionless, with a long-sleeved shirt and a wide-brimmed hat. At first glance, I thought he was a shore fisherman, one of those that abounds in that area, especially at that time of the morning, fishing around midday, when the fishing is usually more abundant and safer.
His immobility amazed me, and from afar I dedicated myself to taking some photos of him at my discretion. So I moved forward cautiously, and although the cell phone camera made its little noise, he remained absorbed in his observation. The vehicles passed rapidly along the double track of the wide avenue of the Havana Port, with its diversity of noises, and the man, immutable, looked to the Northeast, with the watery road surrounded by the walled fortress of San Csrlos de la Cabana in the background. He told me: "The Lord is everything; blessed are those who come to Him, for they will be saved. In the blood of Jesus..." And a whole prayer or religious harangue, I don't know how to determine, since I am not a practitioner and I understand little of those things.
In addition to the flurry of religious phraseologies with which that man surprised me, I felt a little uncomfortable for almost breaking that silent dialogue with his divinity sculpted by human hands there on the other side of the Havana bay.
I also felt admiration when remembering the immobile image of the human being on the side here contemplating the petrified image of the human being on the other side. But perhaps I would have liked this man to withdraw in silence, full of his faith and his experience, without being able to break the speed or the noise of the cars.
I also do the same, but closing my eyes and entering the sacred temple of my body. And there, on the altar of my mind, I enter into dialogue with my divinity.
Thank you for joining me.
Photos taken with my cell phone.