Vivir en conversación con los difuntos, y escuchar con los ojos a los muertos, son metáforas que refieren muy hermosamente a la lectura; ya que dicha referencia refleja un aspecto muy psicológico del ser humano; que refiere a que toda producción de letra implica una muerte de la cosa real.
Toda palabra o letra mata a la cosa real en el sentido de que implica una ausencia real de algo a que se refiere, he implica un conjunto de posibles.
Por ejemplo; al escribir la palabra “árbol” estamos hablando de un árbol posible, un árbol de conjunto de arboles que viene a dar presencia de una ausencia en lo real.
El lenguaje humano, al ser tan analógico, genera sentidos artificiales, ficciones fantasmales de cosas; he incluso de autores con quien “ilusoriamente” uno pareciera estar en conversación.
De hecho, ¿ a cuantos autores contemporáneos uno lee y no sabe si están vivos o muertos? La condición de la letra que fija, que preserva vuelve a un autor como preservado, temporalmente, en una condición de fantasma.
De hecho ¿cuantos autores no han buscado solo que su pensamiento viviera mas allá de la muerte corporal, incluso en estatus de ideas?
Esta ilusión fantasmagórica es la misma que se refleja en la famosa encrucijada que se planteo en la famosa Ilíada de homero con Aquiles, el de los pies ligeros.
Diálogo entre Aquiles y su madre:
(…)Madre:- Sabía que ellos vendrían por tí. Mucho antes de que tú nacieras sabía que ellos vendrían. Ellos quieren que luches en Troya. Voy a hacerte un collar de conchas, como solía hacerte cuando eras niño, ¿recuerdas?
Aquiles:- Madre, esta noche me decidiré.
Madre:- Si te quedas encontrarás la paz, encontrarás una maravillosa mujer, tendrás hijos e hijas y ellos tendrán hijos y te amarán, cuando te vayas ellos te recordarán, cuando tus hijos y sus hijos hayan muerto, tu nombre desaparecerá... Si vas a Troya la gloria será tuya, escribirán historias sobre tus victorias durante miles de años, el mundo recordará tu nombre; pero si vas a Troya nunca regresarás a casa porque tu gloria camina de la mano con tu terrible destino, y yo no volveré a verte otra vez. (…)
De hecho, la concepción de que la letra mata, esta íntimamente relacionada con la función del nombre.
Desde la psicología se sabe que el infante humano al constituirsenarcisisticamente se soporta de la voz y de la mirada del otro. Siendo que de esos restos discursivos surgen fantasmidades; es decir productos mentales humanos.
Aunque como limite de lo real tenemos al goce, es decir lo imposible lógico, o lo imposible para la palabra.
El psicoanalista jaques lacan hablaba de 3 registros mentales; que eran el registro imaginario, el registro simbólico, y el registro real; siendo que la realidad psíquica estaba anudada por dichos tres registros.
Pero lacan agrega un cuarto elemento; ha un padre que nombra; existiendo, luego, un paso a padres nombrantes: los nombres de los padres.
Los nombres de los padres tienen valor de nombre y tiene la propiedad de hacer aparecer a otro significante como faltante, en la cadena de significantes.
Opera la cadena en cuanto a una falta en relación al conjunto de los significantes (Significante de la falta).
S(A/) indica que en el otro, lugar del significante falta un significante y es por ello que un sujeto puede ser representado por un significante (falta un significante que los otros pueden representar): así se plantea asuntos de significación, en donde la misma fantasmidad hace que plantee a un asunto de letras, en donde amarrarse como marcado o no: el nombre propio.
Así se ven palabras que sirven para soportar tal sonido en palabras, el rasgo unario, nombres propios:
La característica del nombre propio, señala Lacan, esta siempre más o menos ligada a su unión no con el sonido, sino con la escritura.
Así en el nombre propio se ve una igualación entre el enunciado y la significación; tratándose de un código que remite a código; así el nombre propio no remite a otro significante, sino a si mismo.
Esto es lo que se produce cada vez que un nombre es pronunciado, es la operación del –1, como tal impronunciable. El –1 opera cada vez que algo es enunciado, lo que demuestra que la significación completa y acabada es un imposible que se resuelve por un imaginario.
Así lo imaginario sutura la falta que hay en el otro; viendo que el sujeto cree tener una existencia en ese imaginario; pero que inevitablemente lo llevara a significantes para referirse a su sujeto, en cuanto a lo que es; viendo que nunca se encontrara a otro del otro que garantice la respuesta (se esta a un nivel de lo que escapa siempre a la significación; es decir lo que Lacan llama el “objeto a”).Lo que escapa siempre a la significación es el objeto causa. El sujeto sólo podría hacer existir al Otro si pudiera aportarle ese objeto para que goce.
Así se ve que el valor que se plantea en el nombre es dado por la marca que queda del borramiento del goce; viendo que el lenguaje mata, instaura la vía del mas allá, abriendo posibilidades que no se limitan a la significación.
En el nombre propio así se plantea el papel de un referente imaginario de lo real; viendo que el nombre no hace cadena, viendo que pone algo del orden de lo imaginario para tapón de lo real.
Se designa así, desde el significante propio; que direcciona; dando nombres a hombres y a mujeres, a objetos; siendo un designador rígido, valido en todo el universo del discurso.
Marca, por otra parte, el nombre, algo propio del lenguaje, que es algo de sin sentido; anulando la apariencia de tener sentido el lenguaje, mostrándonos algo esquelético del lenguaje; viendo que se plantea una exclusión del goce en tanto abstracción imaginaria.
No es el sentido sino la designación lo que allí cuenta. El nombre es signo, no palabra.La nominación así es nominación de lo simbólico.
Así los padres como nombrantes otorgan un nombre; siendo los nombres de los padres los que hacen nudo en la proto-cultura venida de la madre: El nombre es letra que fija el goce, en el nombre opera un borramiento del goce. Eso hace nudo; pero necesita del mundo fantasmal para el funcionamiento: así el otro es una creencia, que causa un interés del saber, siendo un lugar para habitar, o desear. Es decir que sea modelo, que ejemplifique la función de excepción. Es necesario que alguien pueda inscribirse en el lugar del síntoma.
Así el nombre es quien nombra el amor de la otra persona, marcado como quien se ha robado el goce; viendo por ejemplo que en el caso de la mujer la madre es quien nombra el amor de otra persona, que se ha robado su amor (amor de mujer), su goce.