Hola, mis amigos de Hive. Espero que todos estén pasando un excelente miércoles.
Justo enfrente del malecón habanero, donde se une el Padeo del Prado con la avenida del Malecón, hay un hermoso monumento que no tiene relevancia por su belleza arquitectónica sino por su valor y significado. Allí hay ocho siluetas de bronce que te miran desde la base hacia al inmenso mar. No es una obra de arte cualquiera. Son un golpe directo al corazón de la historia cubana.
En 1871, cuando todavía Cuba andaba soñando con convertirse en una nación independiente, estos jóvenes, sí, con la misma edad que muchos de nosotros cuando estábamos en los primeros años de la carrera, fueron acusados injustamente de “profanar” una tumba. El gobierno colonial español, que andaba con el miedo en el cuerpo, agarró a ocho estudiantes de medicina, sin pruebas, los torturó y los fusiló. Algunos de ellos ni se encontraban en la capital en el momento del supuesto sabotaje a la tumba de cierto español. Su único delito, ser jóvenes, estudiar para salvar vidas y querer un país con más justicia.
Hoy, frente al mar (ese punto de encuentro de todas las generaciones universitarias), el monumento no es solo un conjunto de estatuas. Es como el icono serio que te frena cuando vas caminando por esa zona. Están ahí, con sus batas de estudiante, sus libros y ese aire de “no nos callaron, somos inocentes". Cada 27 de noviembre este sitio se llena de flores, velas y estudiantes ( yo estuve allí en tres ocasiones) que les cantan, porque aunque pasaron más de 150 años, el mensaje sigue vibrando, la juventud no se rinde fácil. Esta tradición es un acto de rebeldía pacífica.
Este monumento es de esos lugares que te cambian el chip. Cuando lo ves, entiendes que este no es solo un lugar para fotos o para romancear entre clases. Es un altar generacional. Ahí reposa la memoria de ocho jóvenes que no llegaron a graduarse, pero que nos dieron la lección más grande, la valentía no tiene título, pero sí tiene rostro. No son héroes de algún libro antiguo, eran simples jóvenes alegres y con ganas de vivir.
Monument to the Medical Students
Hello, my Hive friends. I hope you're all having an excellent Wednesday.
Right in front of the Havana seawall (malecón), where Paseo del Prado meets the Malecón avenue, there's a beautiful monument that matters not for its architectural beauty but for its value and meaning. There, eight bronze silhouettes gaze at you from their base toward the immense sea. This is no ordinary work of art. It's a direct blow to the heart of Cuban history.
Today, facing the sea (that meeting point for all university generations), the monument is more than just a collection of statues. It's like that solemn icon that stops you in your tracks as you walk through that area. They stand there, in their student lab coats, with their books and that air of "They didn't silence us; we are innocent." Every November 27th, this place fills with flowers, candles, and students (I was there on three occasions) who sing to them, because even though more than 150 years have passed, the message still resonates — youth does not give up easily. This tradition is an act of peaceful rebellion.
This monument is one of those places that changes your mindset. When you see it, you understand that this is not just a spot for photos or for romance between classes. It's a generational altar. Here rests the memory of eight young people who never got to graduate, but who taught us the greatest lesson: courage doesn't come with a degree, but it does have a face. They aren't heroes from some ancient book; they were simple, joyful young people eager to live.
Texto e imagenes de mi propiedad.
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