Las grietas de la vida, como las de las rocas, son huellas del tiempo, de la presión soportada, de los cambios de temperatura emocional. En los cimientos, una grieta es sinónimo de ruina inminente; pero en la roca de una montaña es testimonio de su antigüedad y fortaleza, el canal por donde se filtra el agua que nutrirá, con el tiempo, musgos y flores.
Así también en nosotros. Las grietas no anuncian necesariamente el derrumbe, sino que revelan nuestra historia, los pesos que hemos sostenido, los inviernos espirituales que hemos atravesado. Por ellas puede entrar la luz que no dejaría pasar un muro macizo y ciego. Por ellas, si las atendemos sin pánico, puede crecer una resiliencia más bella y compleja que la firmeza original. La vida no se define por ser lisa e intacta, sino por la capacidad de integrar las fracturas en nuestra propia y única arquitectura.