Gabriel y la insignificante pero gigantesca lección de amor para mí misma.
Gabriel apareció en la búsqueda. El primer día que nos vimos, solo nos besábamos. El primer día en que nos quedamos juntos, me di cuenta de que no comprendía mi estrés. Solo quería que estuviésemos enredados entre las sábanas, en un silencio extraño, mientras por dentro me moría pensando que capaz no me sentía como debía sentirme.
Desde ese momento, Gabriel nunca entendió lo importante que era para mí agarrar flores de un árbol de Chacao. Tampoco entendía por qué mis ideas eran inconclusas; le molestaba que yo saltara de un tema a otro o que adornara de poética las palabras más simples.
Gabriel me miraba a los ojos como un reto. Gabriel me retaba, y no comprendía de las frases y momentos donde mi ansiedad se disparaba.
Me dijo te amo el primer día, explicándome que el entendía que yo no tenía que corresponderle y sentir lo mismo. Su manera de decir te amo era robótica, como si hubiese sido programado por alguien recién salido de la universidad. Era un te amo plano, acompañado de una pregunta innecesaria. “Te amo, ¿ok?”.
Gabriel nunca vio las películas que me importaban, tampoco escuchó la música que me representa. Creo que nunca quiso entrar a mi universo, a pesar de que le di la llave un par de veces.
Nunca enterneció la mirada frente a un perrito de la calle o un gato. Nunca se detuvo a ver la luna ni a sentir el calor del sol. Sus abrazos eran una búsqueda de un algo. Parecía que buscaba un refugio que no podía obtener a través de las conexiones.
Siempre era su música, sus audífonos y el, y un inmenso silencio frente a las preguntas importantes. Caminábamos en silencio, pero no era un silencio cómodo, era un silencio al que le faltaban palabras.
Nunca se rió de mis chistes y nunca me entendió como persona. Siempre me vio como una chica, y yo me retraía al punto de que cada vez que salía, usaba sostén, aretes o intentaba usar ropa lo más femenina posible, sabiendo que eso era lo menos que habitaba en mi armario.
Y yo pensaba que todo eso era conexión. Y yo pensaba que se proyectaba en dulce amor.
Pero en el metro era distante conmigo y me miraba como lo hacía mi ex. Me negaba los besos y mordía mi cuello en el sexo, dejándome morados que debía maquillar. Me gusta que me muerdan, pero eso me estresaba mucho.
Gabriel nunca me escuchó cantar, tampoco fue a algún concierto a verme, nunca entendió por qué yo le gustaba, nunca hizo las preguntas y tampoco se preocupaba por las respuestas.
Él me decía que al yo tomar las flores de mi camino, dañaba el ecosistema. Y cuando acariciaba o me enternecía con una mascota, no le importaba. Tampoco se cuestionaba por qué era tan importante para mí la luna en aries, o por qué amaba tanto la magia.
Y es ahí cuando entendí que todo el amor habita dentro de mí. Y es mi mirada la que transforma la gente, y en la búsqueda de conexión, fallé topándome con alguien que nunca entendió la importancia de los universos. Alguien plano, que si bien no es su culpa, no podía ligarse a mí. Alguien que no bailó conmigo y se sentó decepcionado ante el primer error. Alguien que no comprendía lo difícil que era para mí existir en mi mundo y al mismo tiempo amar tanto la vida y su luz.
Entonces entendí, que mi única luz soy yo, que yo ilumino el camino que recorro, que nunca voy a dejar de regalarme flores, que nunca voy a dejar de acariciar mascotas ni de observar el reflejo del sol en los árboles solo porque alguien no sabe cómo hacerlo.
Voy a amar y voy amarme como forma de reivindicación, brindándome el honor de decir: qué dicha ver desde mis ojos y saber que el mundo es una maravilla. Y que la persona que me acompañe, debe mirar con amor todo lo que me rodea, escoger las flores junto a mí y mirar el sol conmigo.
Foto tomada por mí en 2021.