¿Quién soy cuando nadie me ve?, a veces me sorprendo dándole vueltas a esa pregunta retórica de nuestra amiga ; especialmente cuando camino por la casa, guiado por la memoria de los muebles y el eco de mis propios pasos. Mientras escribo me pregunto, ¿habrá alguien observando desde algún rincón sin que yo lo note? Siempre he sido transparente, eso no lo niego. No me gusta andar con máscaras, aunque claro, la vida a veces te obliga a ponerte una, ya sea por educación o simplemente para encajar un poco. Pero, ¿no será que esa misma adaptación también forma parte de lo que soy, incluso cuando estoy solo o así lo parezca?
Dicen que el carácter se revela en la soledad, cuando no hay ojos ni oídos atentos. En mi caso, la soledad es un poco relativa. Por mi discapacidad visual, vivo con la duda constante de si realmente estoy solo. A unos ocho metros, las caras se vuelven borrosas, los gestos se pierden, y la privacidad se vuelve; bueno, una especie de ilusión. Entonces, ¿qué significa eso de “nadie me mira”? ¿Será que la ausencia de testigos libera nuestra esencia, o es la conciencia de uno mismo la que nunca nos abandona?
De mi propiedad.
Cuando estoy solo —o así lo creo—, me dejo llevar por lo que el cuerpo pide. Un bostezo sin vergüenza, una carcajada que retumba en las paredes, hasta una flatulencia sin pedir permiso —sí, esas pequeñas libertades que todos disfrutamos en secreto—. Pero también, en ese silencio, llegan pensamientos que no siempre comparto. Me pongo a pensar en errores cometidos, en palabras dichas sin filtro, en esos impulsos de juventud que todavía me visitan de vez en cuando. ¿Será que esa transparencia brutal es, en el fondo, una manera de buscarme y perdonarme a mí mismo?
La llegada de mi hijo Matthew fue como abrir una ventana a un cuarto oscuro. De pronto, me vi reflejado en él, en su curiosidad desafiante, en su vocabulario precoz, en esa manera de cuestionar a sus maestras que tanto me recuerda a mis propios días de escuela. Matthew es autista, y su mundo tiene reglas propias, pero en su rebeldía intelectual veo mi propio reflejo. ¿No es curioso cómo los hijos nos obligan a mirarnos de nuevo, a reconocernos en gestos y palabras que creíamos olvidados?
A veces me pregunto si la transparencia es una virtud o una carga. Decir lo que pienso, hacer lo que siento, sin medir siempre las consecuencias, me ha traído tanto satisfacciones como problemas. En ambientes académicos, cambio el vocabulario, adapto los chistes, cuido la presentación. Es una especie de código social que todos aprendemos a seguir. Pero, ¿eso me hace menos auténtico? ¿O es simplemente una versión diferente de mí mismo, igual de real, pero ajustada al contexto?
La discapacidad visual me ha enseñado que la percepción es siempre parcial. No veo los rostros, pero escucho las voces, percibo los silencios, siento las vibraciones del ambiente. ¿Quién soy cuando no puedo ver a los demás? Tal vez soy más yo, porque no me distraigo con apariencias, porque no me dejo influir por las miradas ajenas. Pero también, a veces, me siento más vulnerable, más expuesto a mis propios pensamientos, sin el escudo de la interacción visual.
En la soledad, surgen preguntas que no siempre tienen respuesta. ¿Cuánto de lo que soy depende de la mirada ajena? ¿Sería diferente si pudiera ver a todos los que me rodean, si pudiera leer sus gestos, anticipar sus juicios? ¿O, por el contrario, la verdadera libertad está en no saber, en moverse por el mundo guiado solo por la voz interior?
De mi propiedad.
Me gusta pensar que soy el mismo en cualquier parte, pero reconozco que la vida me ha enseñado a modularme. No es hipocresía, es supervivencia social. Como decía Oscar Wilde, “El hombre es menos él mismo cuando habla en su propia persona. Dale una máscara y te dirá la verdad.” ¿Será que, en la intimidad, todos usamos alguna máscara, aunque sea la de la sinceridad absoluta?
Matthew me ha enseñado que la autenticidad puede ser desafiante. Su manera de enfrentarse al mundo, de retar a quienes lo rodean, me recuerda que la honestidad no siempre es cómoda, pero es necesaria. Me pregunto si, al criar a un hijo autista, no estoy también aprendiendo a aceptar mis propias diferencias, a reconciliarme con las partes de mí que no encajan en los moldes sociales.
En la soledad, los recuerdos se hacen más nítidos. Vuelvo a mi infancia, a esos días en que la transparencia era sinónimo de inocencia, cuando decir lo que pensaba no tenía consecuencias graves. Con el tiempo, aprendí que la honestidad puede doler, que las palabras pesan, que los actos dejan huella. ¿He cambiado realmente, o solo he aprendido a disfrazar mejor mis impulsos?
A veces me descubro hablando solo, ensayando conversaciones que nunca tendré, pidiendo disculpas a personas que ya no están, celebrando pequeñas victorias que nadie más conoce. ¿No es ese el verdadero yo, el que se permite sentir sin testigos, el que se enfrenta a sus propios fantasmas sin miedo al juicio externo?
La discapacidad visual me ha regalado una perspectiva única: la certeza de que la mirada ajena es solo una parte de la ecuación. Hay gestos que solo uno conoce, pensamientos que nunca serán compartidos, emociones que se viven en silencio. ¿Quién soy cuando nadie me ve? Tal vez soy más libre, más auténtico, pero también más vulnerable, más consciente de mis propias limitaciones.
De mi álbum digital. Recuerdo de Chirimena-Higuerote-Venezuela…
La transparencia, esa cualidad que tanto valoro, es un arma de doble filo. Me permite conectar con los demás de manera honesta, pero también me expone, me deja sin defensas ante el mundo. ¿Es mejor ser siempre uno mismo, sin filtros, o es necesario protegerse, guardar algo para la intimidad?
Matthew, con su mirada inquisitiva y su mente inquieta, me recuerda que la autenticidad es un camino, no un destino. Cada día es una oportunidad para descubrir nuevas facetas de uno mismo, para aceptar las contradicciones, para aprender de los errores. ¿Quién soy cuando nadie me ve? Quizás solo un ser humano, buscando respuestas, dejando migas en el camino para no perderse en la oscuridad.
Mientras avanzo, guiado por la memoria y el instinto, me sigo preguntando: ¿cuántas versiones de mí existen, y cuál de todas es la más verdadera? ¿Seré capaz de aceptarlas todas, con sus luces y sus sombras, o seguiré buscando esa transparencia perfecta que, en el fondo, tal vez no existe? Les dejo para cerrar el refrán: “ojos que no ven, corazón que no siente” tomado de Miguel de Unamuno, Vida de don Quijote y Sancho. Madrid: Cátedra, 1904-14=1988, p. 427)…
Es altamente probable que, durante el proceso de revisión por parte de los moderadores, el presente contenido sea sometido a un análisis mediante herramientas de detección algorítmica. Los resultados de dicho análisis probablemente indicarán que el texto fue generado por una inteligencia artificial, a pesar de que su autoría es enteramente humana.
He observado una tendencia emergente en el ecosistema de estas tecnologías: las mismas plataformas que desarrollan los detectores de IA han comenzado a ofrecer servicios de pago. La finalidad de estos servicios es modificar y refinar textos, previamente catalogados como artificiales, para que adquieran las características estilísticas de la comunicación humana y, en consecuencia, eludan los filtros. Este modelo de negocio establece un paralelismo directo con el principio: “quien crea el problema, posteriormente comercializa la solución” o dicho de otra manera: “quien crea el virus, posteriormente comercializará el antídoto”.
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