Hoy escribo esto como quien abre un cuaderno que ha estado cerrado demasiado tiempo. No porque no tuviera nada que decir, sino porque durante mucho tiempo todo lo que escribía giraba en torno a lo mismo: la búsqueda del amor, la idea de encontrar a alguien que llenara los espacios vacíos que yo misma no sabía nombrar.
Me acuerdo de esa etapa con una mezcla rara de ternura y cansancio. Ternura porque era yo intentando creer en algo bonito. Cansancio porque me perdí muchas veces en el intento. Miraba a mi alrededor como si el amor fuera un objeto escondido entre la gente, esperando ser descubierto por quien supiera mirar mejor. Y cuando no aparecía, pensaba que el problema era yo.
Hubo días en los que me sentía incompleta sin saber exactamente por qué. Como si todo estuviera bien en apariencia, pero faltara una pieza invisible que los demás sí tenían. Y eso me hacía buscar más, aferrarme más, esperar más.
Hasta que un día simplemente me rendí… pero no de la forma triste que uno imagina. Fue una rendición silenciosa. Dejé de perseguirlo. Dejé de analizar cada conversación, cada gesto, cada posibilidad. Dejé de vivir con esa urgencia de “quizás esta vez sí”.
Y en ese espacio extraño que quedó, empecé a escucharme de verdad. No a la versión de mí que quería gustar o ser elegida, sino a la que estaba cansada, a la que tenía sueños propios, a la que también quería reír sin pensar si alguien la estaba mirando.
Salí más conmigo misma. Me empecé a elegir en cosas pequeñas: quedarme en silencio cuando antes habría buscado ruido, caminar sin destino, disfrutar de mi compañía sin sentirla pesada. No fue perfecto, no fue mágico, pero fue real.
Y entonces, cuando ya no estaba buscando nada, apareció alguien.
No fue una llegada explosiva ni de película. Fue algo mucho más simple y, por eso mismo, más peligroso: alguien con quien hablar no se sentía esfuerzo. Alguien con quien el silencio no incomodaba. Alguien que no parecía entrar en mi vida para completarla, sino para caminar un rato a mi lado.
Lo más extraño de todo es que no sentí esa necesidad desesperada de que fuera “el indicado”. Y quizá por eso mismo, todo fluyó de una manera distinta. Sin presión. Sin miedo. Sin la ansiedad de perder algo que todavía no era mío.
Hoy entiendo que el amor no era algo que estaba escondido lejos de mí, esperando ser encontrado. Estaba más cerca de lo que creía, pero yo estaba demasiado ocupada buscándolo como para verlo.
Y si pudiera hablar con la versión de mí que se esforzaba tanto, le diría que no era necesario correr tanto. Que no estaba rota. Que no le faltaba nada. Que el amor no llega cuando más lo persigues, sino cuando empiezas a vivir de verdad, incluso en los días en los que crees que no está pasando nada importante.
Porque a veces el amor no entra como una tormenta.
A veces entra cuando por fin dejas la puerta entreabierta… y decides quedarte contigo misma sin miedo a estar sola.