En la vida tenemos siempre muchas cosas que, a veces, ni sabemos porque las hacemos, sólo son acciones que se repiten una y otra vez como si se tratara de un molde de acciones, sé que suena un poco extraño eso, pero es así, al menos según lo que veo.
Y Romper moldes no suele ser fácil, porque hay cosas tan inmensas en nuestro ser como patrón de conducta -que han estado ahí por años- que se hacen difícil hasta de reconocer, pero aún así, vale la pena hablar de ello, porque puede ser el primer paso para grandes cambios en nosotros.
Por eso, quiero participar en la iniciativa Romper moldes||Breaking the mold que nos comparte.
Cuando era adolescente, decidí algunas cosas que estaban fuera de ese molde que en mi familia había permanecido por algunas generaciones. Y sé que puede ser algo básico lo que voy a contar, porque en la actualidad se da por hecho que debe ser así, pero aunque no lo crean, eso que rompí (por muy básico que parezca) sigue presente.
Puedo decir con orgullo que a pesar de haber nacido y crecido en un ambiente social bastante hostil, en una familia en la que no había ni un sólo bachiller (y esto es bastante básico), rompí ese molde.
En mi familia materna el trabajo de obrero siempre fue la guía para todos, y no digo que eso sea malo, lógicamente, no digo que mi familia sea mala gente o que sean menos que los demás, en lo absoluto, pero si digo que ese paso tan básico no quisieron darlo, y lógicamente, ni pensar en un estudio universitario. Eso era impensable.
Pero en una oportunidad, siendo muy pequeño, tuve un accidente, y me llevaron a un hospital público de mi localidad, donde fui atendido por un médico que fue muy amable, lo recuerdo perfectamente. Y su figura, el, era autoridad, pero desde el respecto que su nivel de conocimiento y preparación le daban, en ese momento, siendo muy pequeño, esa semilla de querer ser médico nació en mí.
Tener esa visión parecía casi imposible, porque lo externo me alentaba era a seguir el patrón familiar, y el de la mayoría de mis allegados, que era trabajar en un matadero de cerdo o, lo máximo, era aspirar a entrar como obrera a una gran empresa como Nestle o Alfonso Rivas, lo cual estaba muy bien, pero ese no era el paradigma que mi mente quería seguir. Y luchar contra eso no fue cosa fácil.
Fui insistente, luche por eso que mi mente me decía, me insistía, y lo logré. Algo tarde para la mayoría, logré entrar a una universidad, específicamente a la universidad de Carabobo, núcleo central en Valencia, no fue fácil, pero lo logré. A los casi 23 años empecé mi carrera, y la terminé a los 29.
Desde ese momento, todo lo que me propongo, por muy difícil que sea, procuro hacerlo, no me detengo, porque se que un patrón no me define, que puedo romperlo y, claro, hacer uno nuevo. Espero que les haya resultado interesante parte de mi historia. Que tengan todos un buen inicio de semana.