Hace tiempo que viajo semanalmente a una ciudad cercana a impartir clases en una universidad. Viajo los lunes temprano, a veces incluso de madrugada, y regreso a mi ciudad al día siguiente por la tarde-noche, lo que implica dormir una noche fuera de casa.
Esto al principio me resultó un poco pesado, pero no me llevó mucho acostumbrarme, y después de probar algunos alojamientos descubrí lo que fue la casa de una familia numerosa, que ahora han convertido en un hotel que algunos miembros de la misma familia habitan y administran.
Ubicado en pleno centro, a una cuadra de la plaza principal de la ciudad, el lugar además de bien ubicado y accesible en lo económico, tiene ese sabor de hogar que buscaba, por todas partes. No siempre me asignan el mismo cuarto, pero saben cual es mi favorito, y procuran dármelo todas la veces que pueden, que es casi siempre.
El cuarto es amplio con una gran cama y un gran closet, ventanas al jardín frontal y a una terraza balcón que rara vez uso, y por su ubicación y el diseño de sus cortinas, si no enciendo la luz, se llena de una luz tenue en tonos naranja que me encanta. Incluso el olor del cuarto cuando llego me gusta, se ha vuelto parte de la experiencia de estar en él.
El cuarto es lo más cercano a un hogar que puedo tener, sin tener que preocuparme por los cuidados y obligaciones que un hogar requiere, y es un lugar donde he encontrado un ritmo propio que de verdad disfruto. Me gusta comer en la mesita junto a la ventana que da al jardín. Despertar con los primeros rayos de luz que entran por las ventanas, e incluso la forma en que cae el agua de la ducha me gusta.
Sin embargo, a pesar de todo esto, no es mi hogar. Cuando estoy en él solo tengo lo que llevo en mi mochila, que es siempre lo mínimo, y no tengo televisión, aunque mi laptop la sustituye fácilmente, ni otras cosas que forman parte de mi vida, como mi cafetera, mis plantas y mis discos y libros.
He logrado construir, y llevar conmigo, una especie de versión portátil de mi vida cuando viajo cada semana a esta ciudad. Aparte de mi laptop que sirve como televisor, mi teléfono está lleno de libros digitales y aplicaciones varias que me permiten hacer en el casi todo lo que suelo hacer en casa, pero la realidad es que no es lo mismo.
A pesar de que me gusta venir cada semana (mientras escribo esto estoy en ese cuarto), y en ocasiones incluso lo ansío porque es un 'cambio de aires' que viene muy bien, a veces estando aquí extraño el hogar. Extraño la comida casera, despertar en mi propia cama, y los sonidos propios de mi lugar. Extraño moler y preparar mi café de las mañanas, acostarme e escuchar música mientras leo, regar mi jardín y quitarle las malas hierbas, y muchas cosas más.
Y cuando me siento un poco enfermo o cansado, como esta semana, la extraño aún más. Es curioso como a veces extraño este cuarto por lo que le aporta a mi vida, y a pesar de eso, a veces estando en el, extraño mi vida fuera en el, en casa, mi verdadera casa, mi hogar.
Los seres humanos somos unos eternos inconformes, pero también seres muy adaptables, y desde hace algunos años vivo esta dualidad, que por lo general disfruto, y disfruto mucho, para ser honesto, pero a pesar de ello, a veces, como ahora, simplemente quisiera despertar, no en esta amplia y cómoda cama, sino en el lugar más modesto en el que vivo, y que es mi verdadero sitio, la verdadera proyección de mi mismo, mi hogar.
A veces no quisiera tener que dividirme, no tener que empacar mi vida en una mochila y viajar. A veces quisiera que fuera el mundo el que viajara y no yo, y que al salir de mi casa apareciera en las calles de la ciudad que yo quisiera, ya sea por cuestiones de trabajo o de placer, porque como dice el refrán, sin importar que tan bien estés en otro sitio, no hay lugar como el hogar. Muchas gracias por leerme, y hasta la próxima.
©bonzopoe, 2023.
Si llegaste hasta acá muchas gracias por leer este publicación y dedicarme un momento de tu tiempo. Hasta la próxima y recuerda que se vale dejar comentarios.