Acabo de regresar de ir a comprarme algo para cenar a una panadería cercana al lugar donde me hospedo. Al final me he comprado una rebanada de pan de zanahoria que estaba en promoción. Esta panadería se caracteriza por vender excelentes postres a un precio accesible, y últimamente justo en la entrada suele haber con frecuencia algún vendedor callejero que aprovecha el flujo de gente para ofrecer sus mercancías.
Debo confesar que al entrar trato de evitar hacer contacto con quien este afuera. Las últimas veces que fui había un señor de avanzada edad con un joven con retraso mental, y verlos juntos me conflictuaba terriblemente.
No sabía por quien sentirme peor, por el joven que cuando en el futuro no tenga el apoyo de ese hombre, que parece ser su abuelo, va a acabar quien sabe donde y quien sabe como, o por el señor y la enorme carga que tiene encima, y que seguramente llevará mientras tenga fuerzas para hacerlo.
Soy alguien empático, y no puedo evitar en automático hacer estas lecturas de la gente cuando me topo con ella, y cuando se trata de personas en situaciones así se me apachurra algo dentro.
Para empeorar las cosas, y hacerme sentir más mal, quien fuera que estaba acompañando al vendedor de edad avanzada que estaba afuera, y que no se si sea el mismo de veces anteriores, me abrió la puerta en un gesto de cortesía que no es extraño por aquí, y de hecho es algo muy propio de nuestra cultura, pero que viniendo de quien sospechaba que venía, me hizo sentir todavía peor.
Al salir me abrieron nuevamente la puerta, y mientras salía escuché una voz infantil muy emocionada promocionando los dulces de coco que vendía su abuelo, que estaba junto a ella. Resultó que esta vez no se trataba del joven de otras ocasiones, sino de una niña que no pude ver bien, porque todo sucedió muy rápido y solo alcance a ver de reojo su silueta.
Sin embargo me emocionó tanto escucharla que estuve a punto de regresar a comprarle una de las barras de dulce que vendía, pero me di cuenta de que no tenía efectivo en ese momento, solo mi tarjeta de crédito, así que seguí mi camino con mi sentimiento de culpa previo mezclado ahora con algo de frustración.
Mientras regresaba a mi hospedaje se mezclaban en mi dos pensamientos. Por un lado pensaba en la maravillosa inocencia de los niños, y por otro lado en como hay algunos a quienes se les arrebata demasiado pronto. Y me preguntaba si esta niña en algunos años sería uno de esos casos. Decidí pensar mejor en lo primero, y no amargarme la vida con conjeturas estériles sobre lo segundo.
Para la niña vender esos dulces era un juego, y por la manera en que hablaba, toda emocionada, y no con la apatía o artificialidad con que suelen hacerlo los niños de la calle, se ve que lo estaba disfrutando. Me recordó a uno de mis sobrinos que de muy niño disfrutaba ayudar a mi padre en la tiendita que tenía.
Le encantaba despachar las bolsas de frituras y dar el cambio a los clientes. Y cuando no había movimiento, no dudaba en pararse en la puerta y en llamar a la gente que pasaba, ya sea a pie o en auto, a entrar a la tienda a comprar, diciendo que todo lo que vendíamos estaba muy rico y no era caro.
Era de lo más divertido ver como se emocionaba cuando lograba una venta, sencillamente hacía que se te derritiera el corazón de ternura. Ese tipo de cosas no te las puede hacer sentir nadie más que un niño, y en algunos casos, con sus debidas distancias y diferencias, una mascota, sobre todo los perros con su amor incondicional.
Desafortunadamente esa candidez nos abandona con los años, o nosotros la dejamos partir en un tristemente necesario mecanismo de defensa para poder enfrentar la vida adulta. Hay quienes logran mantener esa llama viva, y la dejan salir en ciertos contextos, pero por lo general la inocencia se ve como un defecto en la adultez, y se suele confundir con la insensatez.
Es curioso como algo que valoramos en los niños, lo vilipendiamos en los adultos. Afortunadamente lo que esta detrás de esa inocencia, que es un buen corazón, una gran capacidad para ilusionarse, genuina curiosidad, y la capacidad de vivir el momento intensamente, no necesariamente se pierden con la inocencia, sino que pueden sobrevivir y manifestarse en nosotros de otras maneras.
Yo en particular envidio muchas cosas de los niños, y los veo como grandes maestros de vida. Y al observarlos trato al menos de ser consciente de lo que he perdido al crecer, y hago un ejercicio de reconectar con esa parte mía de nuevo.
Los niños, aparte de inocentes, son increíblemente honestos, rayando en la crueldad a veces, y no son de reprimir sus emociones. Lloran con la misma facilidad con que se destornillan de risa por cualquier 'tontería'. Pero al crecer, el medio los va moldeando y aprenden a comportarse de otra manera. Desaprenden cosas con las que nacieron, y aprenden otras que les permitirán integrarse a la sociedad para ser 'personas de bien'.
Mucho se ha escrito sobre esa contradicción de querer crecer rápido cuando se es un niño, y querer volver a la infancia cuando se es mayor. Si de niños tuviéramos la sabiduría de la adultez tal vez nos negaríamos a desaprender tantas cosas y las disfrutaríamos más, y viviríamos en una sociedad que no se si sería mejor que la que tenemos ahora, pero seguramente sería más transparente, más honesta.
Como no se puede viajar en el tiempo, los adultos disfrutamos a través de los niños todo eso que perdimos al crecer, y nos sentimos más completos debido a ello, tal vez por eso los cuidamos tanto, porque cuidamos también eso que ahora podemos revivir a través suyo. La inocencia cuando se pierde es para siempre, pero estar consciente de su valor, nos hace apreciarla más en los otros, en los niños, y nos vuelve casi en automático sus guardianes.
Por eso lo crímenes que involucran a niños son tan denostados, por que no hay peor crimen que arrebatarle a otro eso tan valioso que ya hemos perdido, y vanagloriarse de ello. Si tenemos niños en nuestra vida, cuidémoslos, disfrutémoslos y atesoremos la experiencia de ser testigos de su disfrute de la vida, e intentemos hacerlo a su manera, con intensidad y alegría. Muchas gracias por leerme y hasta la próxima.
©bonzopoe, 2023.
Si llegaste hasta acá muchas gracias por leer este publicación y dedicarme un momento de tu tiempo. Hasta la próxima y recuerda que se vale dejar comentarios.