Llega un momento en la vida en el que uno se cansa.
No de vivir, sino de tener que dar explicaciones todo el tiempo.
De justificar cada decisión, cada cambio, cada paso que das.
De intentar encajar en esa versión que los demás tienen ti.
A mí me pasó.
Hubo una etapa en la que sentía que tenía que explicarle mi vida a todo el mundo, me sentía cuestionada a cada momento.
Por qué cambié de trabajo.
Por qué estaba más callada.
Por qué ya no visitaba tanto.
Por qué no salía.
Por qué estas mas delgada.
Por qué estaba distinta.
Siempre había alguien preguntando “¿por qué?”.
Y si no respondía, parecía que estaba haciendo algo mal, pasaba como falta de educación o como que era una pesada.
Con el tiempo me di cuenta de lo cansador que era vivir así.
No solo físico, también emocional.
Era como cargar con una presión constante: la de convencer a otros de que mis decisiones eran correctas, que no eran pecipitadas ni un impulso del momento, sino todo lo contrario, intento siempre ser consciente de cada paso que doy.
Y empecé a preguntarme:
¿por qué tengo que convencer a los demás de la forma en que elijo vivir mi vida?
Muchas veces sabemos que algo no está bien.
El cuerpo lo dice antes que la boca.
El cansancio no se va.
Las ganas desaparecen.
Te sientes agotada, irritable, sin energía.
Son sensaciones difíciles de explicar pero que dicen mas que mil palabras.
Y aun así, seguimos ahí, aguantando, solo para no dar explicaciones.
Solo para no incomodar.
Solo para que no hablen.
No estoy diciendo que escuchar consejos sea malo.
Hay personas que de verdad te quieren y ven cosas que tú no ves.
Esos consejos, cuando vienen desde el cariño, ayudan.
Pero también están los otros.
Los que opinan sin saber.
Los que juzgan sin conocer la historia completa.
Los que creen que tienen derecho a decidir por ti.
Y curiosamente, son esos los que más exigen explicaciones.
Aprendí que no tengo por qué explicar una decisión si esa decisión me da paz.
Que no tengo que justificarme cuando algo me hace bien.
Que no tengo que vivir según las expectativas de otros.
Mis razones son mías.
Y muchas veces ni siquiera sé cómo explicarlas, porque se sienten, no se piensan.
Hubo decisiones que tomé solo porque ya no podía más.
Porque estaba cansada.
Porque necesitaba respirar.
Porque necesitaba estar tranquila.
Y eso debería ser suficiente.
Hoy ya no intento convencer a nadie.
No busco aprobación.
No pido permiso para ser yo.
Escucho consejos, sí, pero decido yo.
Me equivoco, claro que sí, pero también aprendo.
Entendí que no tengo que dar explicaciones todo el tiempo.
Que cuidarme no es egoísmo.
Que poner límites no me hace mala persona.
Desde que dejé de justificar tanto mi vida, me siento más liviana.
Más tranquila.
Más fiel a mí.
Y aunque no todos lo entiendan, hoy sé que no tengo que hacerlo entender.
Porque mi paz no necesita explicación.