Mi cabello no es solo cabello.
Es parte de mi historia, de mis procesos, de mis caídas y también de mis aprendizajes. Pero no siempre lo vi así. Hubo un tiempo en el que no me sentía cómoda con él, en el que prefería cambiarlo antes que escucharlo.
Hace unos años atrás, por evitar críticas y también porque sentía que “me veía mejor” y era más cómodo, comencé a alisar mi cabello con productos bastante agresivos. Usé desriz, keratina y todo lo que prometiera un cabello estirado, suave y manejable. Y no voy a mentir: en el momento me encantaba el resultado. Me sentía arreglada, segura, todo parecía más fácil. No tenía que lidiar con el encrespamiento, ni con los rizos rebeldes, ni con los comentarios.
Pero con el tiempo llegó la factura. Mi cabello comenzó a ponerse quebradizo, seco, sin vida. Empezó a caerse en cantidades que me asustaban. Cada vez que me peinaba veía mechones en el peine, en la almohada, en el baño. Y junto con esa caída vino algo que no supe explicar en ese momento: una tristeza profunda, una depresión silenciosa que no entendía, pero que me pesaba cada día.
El golpe más fuerte llegó con el último tratamiento de keratina. Perdí casi todo mi cabello. Hasta hoy no logro explicarme qué pasó. Se supone que era un producto que ayudaba, no que destruía. Cuando fui a mi peluquera a mostrarle lo que estaba ocurriendo, solo recibí excusas. Una tras otra, ninguna clara, ninguna convincente. Salí de allí con más dudas que respuestas… y con el corazón roto.
En ese momento tomé una decisión que jamás pensé tomar: cortar todo mi cabello. No fue fácil. Lloré muchísimo. Nunca en mi vida lo había tenido tan corto. Me sentía expuesta, vulnerable, extraña frente al espejo. No me reconocía. Pero ya no podía seguir aferrándome a algo que me estaba haciendo daño.
Con el paso de los días, poco a poco, empecé a acostumbrarme a la imagen que veía. Empecé a informarme mejor, a entender mi tipo de cabello, a aprender sobre cuidado real, no sobre promesas vacías. Y sin darme cuenta, comencé a amarlo. Desde ese momento decidí algo muy claro: no volvería a maltratarlo con ese tipo de tratamientos.
No fue un camino rápido. Entender mi cabello me llevó tiempo. Hubo días de frustración, días en los que no sabía qué hacer con él, días en los que se levantaba más rebelde que nunca. Pero aprendí a tomarme mi tiempo, a hacerlo más manejable sin violencia, a respetar sus pausas. También aprendí que el descanso es parte del cuidado. A veces lo llevo trenzado, otras uso cortinas de pelo cuando quiero verme diferente, pero nunca más a costa de dañarlo.
Hoy mis rizos se definen hermosos. Mi cabello ha crecido mucho. Se siente más fuerte, más vivo. Y cada día me siento más orgullosa de tenerlo. Ya no lo escondo. Ya no lo justifico. Ya no lo comparo.
Mi cabello afro es rebelde, sí. Exigente, también. Pero es hermoso. Y cuando se cuida con amor, puede lucir tanto como cualquier otro. Aceptarlo fue también aceptarme a mí. Entender que no tengo que encajar en estándares que no me representan. Que mi identidad no se alisa, no se corrige, no se disfraza.
Hoy sé que mi cabello no es el problema. Nunca lo fue.
Es parte de quién soy.
Y ahora lo llevo con orgullo.