Hace unos días tuve una conversación que me ha estado dando vueltas en la cabeza más tiempo del que imaginé.
No fue una discusión, ni una escena dramática. Fue una charla aparentemente tranquila, pero con palabras que cargaban más peso del que parecían.
Un muchacho con el que llevo tiempo hablando, intentando acercarse a mí, me dijo que quizás yo estaba sola porque era una mujer difícil. También comentó que, según él, las mujeres damos más problemas que momentos felices. No levantó la voz, no fue grosero, pero aun así algo en mí se detuvo.
No respondí de inmediato.
A veces el silencio no es debilidad, es reflexión.
Me quedé pensando en cuántas veces se utiliza la palabra “difícil” para describir a una mujer que simplemente sabe lo que quiere. En cuántas ocasiones se confunde la claridad con frialdad, la tranquilidad con desinterés y los límites con rechazo. Parece que cuando una mujer no se deja arrastrar por la urgencia de agradar, automáticamente se vuelve un problema.
Pero no creo que sea difícil.
Creo que soy consciente.
Y esa diferencia lo cambia todo.
Ser consciente es saber escuchar, pero también saber cuándo algo no encaja. Es entender que no todo vínculo merece continuarse solo porque alguien insiste. Es aprender a decir “no” sin explicaciones interminables y sin culpa. No porque falte empatía, sino porque hay amor propio.
Durante mucho tiempo se nos enseñó que estar sola es un fracaso, que siempre falta algo si no hay alguien a nuestro lado. Sin embargo, pocas veces se habla del desgaste emocional que provoca quedarse donde no hay reciprocidad, donde no hay comprensión real, donde hay más presión que calma.
No estoy sola porque no sepa amar.
Estoy sola porque no quiero volver a amar desde la carencia, para mi la experiencia fue desgastante.
Cuando alguien dice que las mujeres damos más problemas que momentos felices, tal vez lo que realmente expresa es su dificultad para relacionarse con una mujer que piensa, siente y decide por sí misma. Una mujer que no se conforma con palabras vacías, ni con promesas sin acciones, ni con presencias a medias.
Y eso no es un defecto femenino.
Es una incomodidad ajena.
El amor no debería sentirse como una lucha constante, ni como un examen que hay que aprobar. No debería doler más de lo que sana, ni exigir que uno se haga más pequeña para que el otro se sienta cómodo. Amar también es sentirse en paz, sentirse escuchada, sentirse respetada.
Ser selectiva no es ser cruel.
Elegir con conciencia no es rechazar por capricho.
Poner límites no es levantar muros, es cuidar el espacio interno.
Tal vez no soy para cualquiera.
Tal vez no encajo en vínculos apresurados ni en discursos que minimizan lo que siento.
Y hoy entiendo que eso no es algo que deba cambiar.
Prefiero la soledad honesta antes que una compañía que me haga dudar de mi valor. Prefiero caminar despacio, con claridad, que avanzar rápido hacia un lugar donde no me siento en casa.
No soy difícil.
Soy consciente de lo que merezco, de lo que puedo ofrecer y de lo que ya no estoy dispuesta a aceptar.
Y eso, lejos de alejarme de la felicidad, me acerca cada día un poco más a ella.