Qué fácil es decir “soy buen papá” cuando en realidad no eres tú quien hace todo el trabajo de criar. Yo me levanto temprano cada mañana, preparo a mi hijo, lo visto, lo llevo a la escuela, me aseguro de que desayune bien y que no se olvide de nada. Después regreso a casa y comienzo con mis pendientes: atender el negocio, organizar la casa, hacer compras, cocinar, limpiar… todo mientras siento que el día no tiene suficientes horas para lo que quiero darle y lo que él necesita. Y aun así, desde fuera, todo parece sencillo. Cómo se habla de amor a distancia, cómo se dice que uno es responsable, pero no se está realmente presente en los detalles que importan cada día.
Yo corro de un lado a otro, atiendo sus tareas, lo llevo al médico cuando lo necesita, lo escucho cuando tiene miedo o dudas que ni siquiera se atreve a decir en voz alta. Yo soy quien se queda despierta cuando tiene fiebre, quien se asegura de que tenga todo lo que necesita, quien lo consuela cuando algo lo entristece y, aun así, muchas veces siento que no alcanza. Sé que hay personas que creen que mandar dinero de vez en cuando o enviar un mensaje ocasional es suficiente, que con eso se pone la medalla de “padre responsable”. Pero no es así. No alcanza para llenar los espacios donde se necesita amor, constancia y presencia real.
Ser padre no es un título que se dice. No es un reconocimiento que se pide. No es algo que se logra con gestos aislados. Para mí, ser padre es estar todos los días, incluso en los días difíciles, incluso cuando estoy cansada, incluso cuando nadie nota mi esfuerzo. Es escuchar, acompañar, guiar, reír, abrazar y también disciplinar cuando es necesario. Es conocer a mi hijo, entender sus emociones y acompañarlo sin pausas, sin excusas.
Hay días en los que me siento agotada, donde siento que mi energía se va en mil direcciones y que nunca es suficiente. Pero también hay días en los que mi hijo se acerca, me besa y me dice “mamá, te amo” sin razón alguna, y siento que todo lo demás desaparece. Hay días en los que me abraza tan fuerte que me roba el aire, y en esos instantes sé que todo esfuerzo vale la pena. Hay momentos en los que hacemos bromas para molestarnos y terminamos riendo hasta que nos duele la barriga. Esos pequeños instantes son el verdadero corazón de la maternidad, y me recuerdan que lo que damos con amor siempre regresa en formas que ni imaginamos.
A veces también hay momentos difíciles. Días en los que está de mal humor, en los que se encierra en sí mismo y ni siquiera quiere hablar. Días en los que me reta como si yo fuera la que necesitara disciplina, diciéndome cosas como “mamá, ¿a dónde vas?” o “por qué llegas a esta hora” y, al mismo tiempo, hay días en los que me mira y dice “hoy estás linda”. Es una montaña rusa de emociones, pero incluso en esos altibajos, aprendo a ser mejor, a escuchar más, a dar espacio y al mismo tiempo mantener cercanía.
Ser mamá es asumir la responsabilidad completa, no porque nadie más lo diga, sino porque nadie más puede hacerlo como yo lo hago. Ser mamá significa sacrificio, entrega y presencia constante, aun cuando es difícil y agotador. Porque criar no es solo proveer, es acompañar, guiar y sostener con amor, incluso cuando no hay aplausos ni reconocimiento. Y mientras algunos se conforman con decir “soy buen papá”, yo sigo aquí, dando lo mejor de mí, demostrando que ser padre no se dice, se vive y se demuestra con hechos todos los días.