Publicado en Español, Inglés y Portugués.
Editado en PhotoCollage
Fuente
Alguna vez oí por ahí que la esperanza no es lo último que se pierde sino, lo último que se obtiene. La esperanza amigo es necesaria para vivir y va desde lo simple de añorar que florezca nuestra planta preferida hasta las causas imposibles como la paz para este hermoso planeta. ¿Cómo se alimenta? Lo hace con la fe de las almas austeras.
Yo soy una persona muy simple, modesta en mi forma de vivir y pobre de dinero pero rica en pensamientos. Le digo amigo más o menos como son mis grandes esperanzas y no hablo de la novela del gran Charles Dickens.
No se trata de una creencia abstracta ni de una promesa celestial. Tengo la esperanza de la justicia. No de la justicia divina sino de la que fue escrita por los hombres y no se cumple pues ellos mismos enredan las cosas por dinero, conveniencia o cobardía. Esa es la materia con la que trabajamos, un sistema legal que frecuentemente fracasa porque quienes lo aplican tienen intereses concretos. No es cinismo, es constatación.
En Gaza se han cometido crímenes que el Derecho Internacional clasifica como de lesa humanidad. Hay informes de Naciones Unidas, testimonios de organizaciones humanitarias y evidencia documental. Sin embargo, la respuesta política ha sido lenta, fragmentada y condicionada por alianzas estratégicas. Tengo la firme esperanza de que esos crímenes reciban justicia, no como consuelo moral, sino como un mecanismo real de rendición de cuentas. Para que eso ocurra, hace falta que los tribunales internacionales actúen sin veto económico ni militar.
El mismo mecanismo de impunidad protege a quienes usan el poder para ocultar delitos graves. Que el dinero deje de esconder a pedófilos que gobiernan y tienen la desfachatez de hablar en nombre de la justicia y la libertad. No es una exageración, hay casos documentados de líderes políticos y religiosos que han sido acusados con pruebas y continúan en sus cargos gracias a influencias, abogados caros y acuerdos oscuros. La justicia, cuando es comprada, deja de ser justicia.
También la esperanza se aplica a situaciones cotidianas y estructurales. Tengo la esperanza de que el maltrato a los inmigrantes cese y tengan un trato justo. La evidencia está en las vallas, los centros de detención y las muertes en rutas migratorias. Un trato justo significa procesos legales accesibles, alojamiento digno y no criminalización por origen. Lo mismo ocurre con las industrias mineras y las grandes transnacionales, que dejen a los pueblos originarios vivir en su armonía con la naturaleza. No es una cuestión romántica; es un derecho territorial y cultural reconocido por tratados que sistemáticamente se violan.
Y de tantas cosas más, por ejemplo del gran continente madre, la gran África saqueada y mancillada, víctima de tanto racismo y tanta injusticia. África sigue pagando su deuda externa mientras sus recursos se extraen sin beneficios locales. Es un patrón colonial que no terminó, solo cambió de forma.
No por último menos importante, porque es para mí lo más importante: que nos dejen tranquilos sin amenazas, resolver nuestros problemas, hacer los cambios que tenemos que hacer, pero aquí en nuestra tierra, sin una mano sucia que quiera arruinar lo que no es capaz de resolver en su propia tierra. Es el principio de no intervención, que no es una consigna vacía sino una condición para cualquier democracia funcional. Tengo la esperanza de que mi pueblo con sus propias decisiones tome su camino, bajo la bandera de la soberanía que no se negocia. Y no son palabras vacías, mi postura ha sido la misma desde siempre.
Tengo la esperanza de todo ser humano con fe en el mejoramiento humano. No fe religiosa, sino confianza razonable en que podemos corregir lo que corrompemos. Esa esperanza no espera, exige acciones concretas, tribunales que funcionen, leyes que se cumplan y pueblos que decidan sin tutelaje.
Mientras espero, no lo hago desde un sofá, cada día intento poner mi esfuerzo en la esperanza de mejorar mi entorno.
Aquí tienes la traducción al inglés y al portugués del texto que me pediste. He mantenido el tono argumentativo, objetivo y humanizado, sin añadir lirismo.
English
Once I heard somewhere that hope is not the last thing you lose, but the last thing you obtain. Hope, my friend , is necessary to live, and it ranges from the simple longing for our favorite plant to bloom to impossible causes like peace for this beautiful planet. How is it nourished? It is nourished by the faith of austere souls.
I am a very simple person, modest in my way of living and poor in money but rich in thoughts. Let me tell you, my friend, roughly what my great hopes are — and I am not talking about Charles Dickens' novel.
It is not about an abstract belief or a heavenly promise. I have hope for justice. Not divine justice, but the justice written by men that is not fulfilled because they themselves complicate things for money, convenience, or cowardice. That is the material we work with: a legal system that frequently fails because those who apply it have concrete interests. It is not cynicism; it is a fact.
In Gaza, crimes have been committed that international law classifies as crimes against humanity. There are United Nations reports, testimonies from humanitarian organizations, and documentary evidence. However, the political response has been slow, fragmented, and conditioned by strategic alliances. I firmly hope that those crimes will receive justice — not as moral comfort, but as a real accountability mechanism. For that to happen, international courts must act without economic or military veto.
The same mechanism of impunity protects those who use power to hide serious crimes. May money stop hiding pedophiles who govern and have the nerve to speak in the name of justice and freedom. It is no exaggeration: there are documented cases of political and religious leaders who have been accused with evidence and remain in office thanks to influence, expensive lawyers, and shady deals. Justice, when bought, ceases to be justice.
Hope also applies to everyday and structural situations. I hope that the mistreatment of immigrants ceases and that they receive fair treatment. The evidence is in the fences, detention centers, and deaths on migration routes. Fair treatment means accessible legal processes, dignified housing, and no criminalization by origin. The same goes for mining industries and large transnational corporations: may they let indigenous peoples live in harmony with nature. It is not a romantic issue; it is a territorial and cultural right recognized by treaties that are systematically violated.
And so many other things, for example the great mother continent, great Africa, looted and sullied, victim of so much racism and so much injustice. Africa continues to pay its external debt while its resources are extracted without local benefits. It is a colonial pattern that has not ended, only changed its form.
Last but not least — because it is the most important to me — may they leave us in peace, without threats, to solve our own problems, to make the changes we need to make, but here in our own land, without a dirty hand that wants to ruin what it cannot solve in its own land. That is the principle of non-intervention, which is not an empty slogan but a condition for any functioning democracy. I hope that my people, with their own decisions, will take their own path, under the banner of sovereignty that is not negotiable. And these are not empty words: my stance has always been the same.
I have the hope of every human being with faith in human improvement. Not religious faith, but reasonable trust that we can correct what we corrupt. That hope does not wait; it demands concrete actions, functioning courts, laws that are upheld, and peoples who decide without guardianship.
While I wait, I do not do so from a couch. Every day I try to put my effort into the hope of improving my surroundings.
Português
Uma vez ouvi por aí que a esperança não é a última coisa que se perde, mas sim a última que se obtém. A esperança, amigo , é necessária para viver e vai desde a simples saudade de ver florescer a nossa planta preferida até causas impossíveis como a paz para este lindo planeta. Como se alimenta? Alimenta-se da fé das almas austeras.
Sou uma pessoa muito simples, modesta no meu modo de viver e pobre em dinheiro, mas rica em pensamentos. Digo-lhe, amigo, mais ou menos como são as minhas grandes esperanças — e não estou a falar do romance do grande Charles Dickens.
Não se trata de uma crença abstrata nem de uma promessa celestial. Tenho esperança na justiça. Não na justiça divina, mas naquela que foi escrita pelos homens e não se cumpre porque eles mesmos complicam tudo por dinheiro, conveniência ou covardia. Essa é a matéria com que trabalhamos: um sistema legal que falha frequentemente porque quem o aplica tem interesses concretos. Não é cinismo, é constatação.
Em Gaza, foram cometidos crimes que o Direito Internacional classifica como crimes contra a humanidade. Há relatórios da ONU, testemunhos de organizações humanitárias e evidência documental. No entanto, a resposta política tem sido lenta, fragmentada e condicionada por alianças estratégicas. Tenho a firme esperança de que esses crimes recebam justiça — não como consolo moral, mas como um mecanismo real de responsabilização. Para isso acontecer, é necessário que os tribunais internacionais atuem sem veto económico nem militar.
O mesmo mecanismo de impunidade protege aqueles que usam o poder para esconder crimes graves. Que o dinheiro deixe de esconder pedófilos que governam e têm o descaramento de falar em nome da justiça e da liberdade. Não é exagero: há casos documentados de líderes políticos e religiosos que foram acusados com provas e continuam nos seus cargos graças a influências, advogados caros e acordos obscuros. A justiça, quando comprada, deixa de ser justiça.
A esperança também se aplica a situações quotidianas e estruturais. Tenho esperança de que os maus-tratos aos imigrantes cessem e que tenham um tratamento justo. A evidência está nas vedações, nos centros de detenção e nas mortes em rotas migratórias. Um tratamento justo significa processos legais acessíveis, alojamento digno e não criminalização por origem. O mesmo acontece com as indústrias mineiras e as grandes transnacionais: que deixem os povos originários viver em harmonia com a natureza. Não é uma questão romântica; é um direito territorial e cultural reconhecido por tratados que são sistematicamente violados.
E de tantas outras coisas, por exemplo do grande continente mãe, a grande África saqueada e manchada, vítima de tanto racismo e tanta injustiça. África continua a pagar a sua dívida externa enquanto os seus recursos são extraídos sem benefícios locais. É um padrão colonial que não terminou, apenas mudou de forma.
Não por último menos importante — porque é para mim o mais importante: que nos deixem tranquilos sem ameaças, resolver os nossos problemas, fazer as mudanças que temos de fazer, mas aqui na nossa terra, sem uma mão suja que queira arruinar o que não é capaz de resolver na sua própria terra. Esse é o princípio da não intervenção, que não é um slogan vazio, mas uma condição para qualquer democracia funcional. Tenho esperança de que o meu povo, com as suas próprias decisões, tome o seu caminho, sob a bandeira da soberania que não se negocia. E não são palavras vazias: a minha posição tem sido a mesma desde sempre.
Tenho a esperança de todo o ser humano com fé na melhoria humana. Não fé religiosa, mas confiança razoável de que podemos corrigir o que corrompemos. Essa esperança não espera; exige ações concretas, tribunais que funcionem, leis que se cumpram e povos que decidam sem tutela.
Enquanto espero, não o faço num sofá. Todos os dias procuro colocar o meu esforço na esperança de melhorar o meu ambiente.