Mi primer diario comencé a hacerlo cuando estaba en la escuela.
Mi mamá me lo compró por un capricho mío, a pesar de que no alcanzaba el dinero. Era un cuaderno pequeño, rosado, con una cerradura y un par de llaves. Era de la novia de Mickey Mouse. Ya sabes, la que tiene un vestido y un lazo.
Y razoné que, si era un "diario", debería escribirlo a diario. Pero nunca he sido así de constante en mi vida. Escribía tonterías sobre lo que me había pasado a diario. Un par de reflexiones infantiles.
Un buen día lo llevé a la escuela y, no sé cómo, pero acabó en manos de unos niños. Cuando me dí cuenta, habían unos cuantos en torno a él leyéndolo y riéndose. Ahora pensarlo me hace sonreír. Éramos solo niños.
No volví a escribir un diario hasta los 13 años. Mi abuela me regaló un cuaderno que había rescatado de algún sitio. Pero estaba en perfectas condiciones. Era precioso. Todas las páginas tenían un diseño de plantas y garabatos. Apenas tenía unas pocas páginas escritas. Entonces empecé a escribir (al menos esta vez me aseguré de no llevarlo a ningún sitio público).
Claro, ahora mis anotaciones eran más significativas. Sobre Dios, la Biblia, cosas de psicología que había aprendido. Sobre mis pensamientos negativos en mis días grises. Sobre mis deseos, mis metas. Y escribía con una letra tan pequeña que en una sola línea del cuaderno escribía dos o tres líneas de texto. Ya sabes, para que no se me acabara tan rápido.
Tenía una amiga muy íntima que siempre venía a visitarme. Empezamos a contarnos nuestros pensamientos y sentimientos más profundos. Pero a veces yo simplemente no podía decir lo que me pasaba. Y le entregaba el diario para que ella lo leyera.
Llegó el día en qué yo no quería que ella supiera. Ella tomó el diario y salió corriendo de la casa. Corrió por la calle principal, y era rápida (jugaba fútbol, en cambio yo era una sedentaria). No la alcancé. Y, contrario a lo esperado, en lugar de molestarme, me sentí halagada. Nunca nadie se había esforzado tanto por entenderme (en contra de mi voluntad).
Desde entonces, se convirtió en un acuerdo no hablado que ella tomara el diario sin mi permiso. Y cuando yo iba a su casa, ella me enseñaba el de ella.
Aún me da risa cuando ella habló con una niña que iba a mi casa para que la enseñara a leer. Le dijo que tenía un plan para entrar a mi casa por el techo, robar mi diario, publicarlo como un libro, y hacerse millonarias. La niña aceptó sin titubear ayudarla.
Bien, tener un diario no es todo color rosa. Todo lo contrario. A veces me dió buenos dolores de cabeza.
Una vez una amiga a la que llamaré María, que iba a mi casa todas las semanas, vió mi diario y leyó algo sobre el tipo que me gustaba (yo decía que me gustaba hace 5 años). Entonces ella escribió esa información en su propio diario. Su hermana lo leyó, y se lo contó a su mamá. Y su mamá se lo contó a la madre del tipo que me gustaba, ya que eran amigas. Sí. Qué puedo decir.
Mi papá me preguntó qué tanto escribía. Yo, avergonzada, le dije que era "mi libro de novedades". Él asintió.
— No lo leo porque la letra es demasiado pequeña — dijo.
Una vez mi mamá leyó en mi diario quién era la persona que me gustaba y fue a hablar con la mamá de esa persona, mostrándole mi diario y diciéndole que teníamos que alejarnos. Fue humillante, no diré más.
¡Ah! Yo tenía la costumbre de quemar mis diarios cuando terminaba el cuaderno. Sí... Dramático.
La gente siempre dice que los diarios ayudan con la depresión. Pero no es verdad. Al menos, no para mí. A lo que sí ayudan es a entenderse a uno mismo. Y eso puede ayudar psicológicamente. Puede.
Desde ese entonces abandoné los diarios como tal, pero sí escribía de vez en cuando reflexiones sueltas.
Una vez, estaba en mi trabajo, escribiendo un horario para mí en un cuaderno propio. Lo escribía en inglés. Una jefa se acercó:
— Daniela, ¿qué tienes ahí?
— Es un registro de lo que se ha vendido hoy.
— ¿Y por qué está en inglés entonces?
— Para... Practicar el idioma.
— ¿Y si lo traduzco con Google Translate voy a encontrar un registro de las ventas?
Las otras cajeras se quedaron calladas, observándonos fijamente. Yo me puse seria y recurrí a lo más bajo.
— Me parece una falta de respeto que dudes de mi integridad laboral.
La jefa se echó a reír y dijo:
— Es tu diario, admítelo. Te lo voy a robar cuando no te des cuenta .
Nunca lo hizo; no le dí la oportunidad. Pero desde entonces se creó el chiste de "Daniela tiene un diario en inglish".
— ¡Qué no es un diario! — Les decía yo en cada ocasión. — ¡Son planes!
No me creyeron.
Entonces, sí... Me sentí cada vez más cohibida para escribir cualquier cosa. Decidí hacer todo en mi mente. Reflexiones, planificaciones, horarios. Así no habría más burlas ni juicios. Pero las burlas y los juicios existen sea como sea. Y a mí me gusta escribir. Siempre me ha gustado. Entonces, ¿por qué no? ¿Por miedo? De todos modos, me voy a morir y conmigo mi reputación y mi capacidad de avergonzarme.
Entonces, aquí estoy. Escribiendo para perder el miedo. O para manejarlo mejor. Cualquiera es bueno.
Y, tema aparte pero relacionado, quiero escribir seguido en Hive. Para mí es todo un reto, porque la ansiedad me paraliza. ¿Quizá un poco de terapia de exposición me venga bien? Ya veré.