🔥 AUTORRETRATOS ESPIRITUALES 10: La ira y el estrés
Reflexión sobre el dolor que se acumula y la ternura que resiste
✒️ La ira no siempre grita: a veces se disfraza de silencio.
En Cuba, la ira fácil se ha vuelto paisaje cotidiano. El estrés nos acorrala. El resentimiento se filtra en las conversaciones, en los gestos, en los silencios. Como poeta, me duelen los maltratos psicológicos que se ejercen sobre quienes aún creen en la bondad, en el cuidado, en la ciencia de la conducta como camino de luz.
Hay días, y ya son días largos, harto difíciles, en que todo parece una provocación. La cola, la escasez, la burocracia, la indiferencia. Y uno, que quiere hacer el bien, que quiere acompañar, que quiere enseñar, se encuentra con la hostilidad, con la desconfianza, con el desprecio. Y eso duele. Duele más que el hambre, más que la espera. Duele porque ataca el alma y la va deteriorando irresistiblemente.
La ira no siempre grita. A veces se disfraza de sarcasmo, de indiferencia, de cansancio. A veces se acumula en el cuerpo, en lugares estratégicos como lo son la espalda, en el estómago. A veces se convierte en insomnio, en tristeza, en enfermedad. Y sin embargo, sigue ahí, esperando una salida.
Como poeta, he aprendido a mirar la ira con compasión. No para justificarla, sino para comprenderla. Como poeta tengo la impresión de lo irremediable, lo vencido, lo fragmentado. Es así como detrás de cada estallido hay una historia. Una frustración. Una herida. Una necesidad no atendida. Y cuando uno escribe desde ahí, desde esa comprensión, la palabra se vuelve puente, la palabra sale a buscar serenidad, confianza, equilibrio en medio del caos. Y tal parece que encuentra, de manera efímera, algo que debe perdurar: la necesaria paz.
El estrés nos vuelve reactivos. Nos quita la paciencia, nos roba la ternura. Pero también nos revela. Nos muestra qué nos importa, qué nos duele, qué nos falta. Y en esa revelación hay una oportunidad: la de resistir con ternura. La de responder con cuidado. La de transformar el maltrato en poesía.
He visto cómo el resentimiento puede corroer. Puede convertir a personas buenas en sombras de sí mismas. Puede apagar la vocación, la alegría, la esperanza. Pero también he visto cómo la ternura puede resistir. Cómo un gesto amable, una palabra justa, una mirada sincera pueden abrir grietas en el muro del rencor.
En mi autorretrato espiritual, la ira no es enemiga. Es una señal. Me dice que algo no está bien. Que algo necesita atención. Que algo merece ser nombrado. Y cuando la nombro, cuando la escribo, cuando la comparto, deja de ser amenaza y se convierte en posibilidad.
La ciencia de la conducta, tan noble, tan necesaria, se ve golpeada por estos maltratos. Pero no debemos rendirnos. Porque cada acto de cuidado, cada intervención respetuosa, cada palabra que acompaña, es una forma de resistencia. Una forma de decir: “Aquí estoy, a pesar de todo, para hacer el bien.”